Piececitos no gracias

agosto 18, 2012

Tendría yo ocho años y a veces me llevaban a pasar el fin de semana a un pueblo del interior. Estaba encajonado en la sierra, en terreno escarpado. Crecían árboles frondosos que ahora vería como robles pero de aquel entonces sólo recuerdo sus hojas. Algo parecido me ocurre con el río cuando, por más que lo intento, sólo se me viene a la cabeza el repiqueteo del agua bajando, de los cántaros rebotando a lo largo del cauce.

Son elementos que conforman un único paisaje. El de mi encuentro con ella. Ella tendría un par de años más que yo y era vecina del pueblo. Nunca tuve muy claro si seríamos familia lejana o no. No se parecía a mí, para empezar porque era chica, y sus atributos, dejando a un lado lo oscuro de su piel, se me presentaban como cuerpos extraños. Todavía después de tantos años, cada vez que paseo por la orilla de un río, y lo escucho, y veo esas hojas meciéndose, me acuerdo del olor dulzón que desprendía.

Una tarde con las nubes lejos de la sierra, me dijo que la acompañara a la ribera, a refrescarnos, a chapotear un poco. Y recuerdo que nos habían dado fruta en casa, el jugo de los peladillos que comíamos como críos, manchándonos la cara, lanzándonos el hueso. Era cómodo correr por aquella hierba fresca, bajo la sombra de aquellos árboles. Corríamos y corríamos, persiguiéndonos hasta la extenuación, hasta caer rendidos en el colchón verde y espeso del bosque. Ella se me acercaba y yo pensaba en mi primo el mayor, que había besado a una chica hacía poco, que yo lo había visto, agarrándola fuerte por la cintura, con la misma fruición con la que recogía el sedal cuando iba a por salmones.

Recuerdo que ella se acercaba a mí despacio y yo no la veía, solo escuchaba el sonido del río, invadiéndolo todo, como si el cauce hubiese crecido en apenas un instante, desbordándose, ahogándonos a los dos en la inundación. Y fue entonces cuando me agarró el pie, aquel piececito blanco y descalzo, y lo condujo a través de la hierba fresca, directamente al interior de sus muslos. Me pidió que apretara y yo no entendía nada. Miré al cielo y vi las hojas, manchadas por la luz, moviéndose sin moverse.

Pisé donde ella me dijo que pisara, haciendo fuerza. Recordé la hierba blanda y fresca por la que había corrido minutos antes, el tiempo de la vendimia, saltando y bailando sobre el zumo de uva. Y la sombra de aquel río bajo el ruido de las hojas.

Y entonces noté la presión directa y punzante, mi estómago contraído con el gesto generoso del pie de ella, también entre mis muslos, apretando -ahora lo comprendo- con la misma inconsciencia con la que el mío apretaba antes. Y allí estábamos los dos, sucumbiendo ante un reflejo primitivo cuyo significado real se nos escapaba, como dos siameses unidos por la curiosidad.

La única diferencia es que a ella aquello parecía gustarle. Se revolvía, acercándose a mí, obligándome a recular, aproximándose cada vez más, con su pie entre mi inocente entrepierna, causándome un dolor horrible, aplastándome mis partes. Lo que para ella era un gesto de comunión, un beneficio mutuo, para mí era el horror del paso a la madurez.

Traté de concentrarme bajo el fresco crepitar del río. Pensé en decirle algo pero tenía miedo a equivocarme, a no saber apreciar lo que mi primo el mayor sin duda disfrutaba con las chicas que se acercaban al baile. Mi pie descalzo era un objeto del placer. Yo era un niño mártir, un pionero en las artes amatorias dispuesto a cualquier sacrificio con tal de poder contarlo, con tal de hacer feliz a aquella chica.

Recuerdo que hacía calor. Y unas hojas. Y el agua a escasos metros de nosotros.

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Barras

julio 12, 2012

                        A Ernesto. Qué bueno sería amanecer un día a su lado.

Es un tipo gordo, de los que no levantan mucho del suelo, de los que siempre ponían de portero en los partidos de patio de escuela. Pero ayer folló duro.

Tarda un poco en darse cuenta de lo que hizo. Realmente no puede recordarlo -no puede recordar casi nada- y únicamente lo está suponiendo, deduciéndolo al ver la espalda desnuda de una chica perfilándose sobre el colchón, con todo revuelto, sus calzoncillos sobre la almohada, el pito gastado. Pero sí, es obvio, a todas luces el gordito ha pillado, el gordito ya no está bajo los palos. Porque el gordito ahora mete golazos por la escuadra.

Está confuso y trata de ubicarse en el mareo. No es su habitación, eso está claro. El cabecero de la cama está tapizado en rosa palo. No es que a él no le guste el rosa palo sino que jamás tendría un cabecero en la cama. Mira la mesilla que tiene a su lado mientras intenta taparse un poco, avergonzándose de sus lorzas, como las chicas que se tapan los pechos con las sábanas después de hacer el amor en un acto de pudor que pierde mucho encanto si eres hombre. Una fotografía le vigila. A través de destellos reconoce en ella a la chica de la noche anterior, la chica que está ahora a su lado. Monta un caballo moteado y sonríe. Una amazona rubia. Pero en la imagen parece más niña de lo que él recordaba y le invade un sentimiento de culpabilidad pederasta. Asustado, vuelve a comprobar el cuerpo que reposa sobre la cama. Es una mujer, joven y tersa, pero una mujer. De nuevo todo bien pese al rosa palo.

La chica duerme tranquila y al gordito le parece escuchar un ruido fuera de la habitación. Paranoico repasa el resto de las fotografías, buscando la permutación de algún guaperas que se repita aquí y allá, fantaseando con la idea de que una jovencita preciosa como esa le haya escogido a él para serle infiel a un cretino alto, rubio, delgado y con un MBA por la ICADE Business School. Pero nada. Todo amigas, siempre alrededor de ella. Y el dichoso caballo. Por todas partes.

El ruido no va a más y el gordito se imagina que la casa es vieja. Se incorpora y el peso se redistribuye, agitando el sueño de la chica, que suelta un gruñidito de placer mientras acerca su torso al hueco que acaba de quedar vacío. El gordo afortunado la mira desde lo alto. Tirada sobre la cama, desnuda, cruzándola en una diagonal perfecta que lo abarca todo, la chica parece decir algo.

-Sacrifícame a mí -lo gime entre sueños, apenas perceptible, y el gordito se inclina pegando el oído- A Chispa no. A mí -y ahora parece más claro- Sacrifícame a mí. A Chispa no. No. A mí.

Y el gordo se sobresalta cuando, como en una revelación, le vuelve la imagen del caballo, la imagen que está por todas partes. Y no tarda en encontrar lo que busca. Sobre el tocador, un marco de plata con la instantánea de una banda cruzando el fibroso cuello del equino con el nombre “Chispa” grabado en ella. A su lado la chica sonriendo. Y fuera de los márgenes de esa fotografía, de pie en mitad de esa habitación de niña grande, el gordito debatiéndose entre la ternura y el miedo. Hasta que le entran ganas de mear.

Unas irrefrenables ganas de mear que hacen que se olvide de “Chispa”. Que se olvide todo. De la chica en la cama, de los ruidos de afuera, de la posibilidad de un novio despechado, de la fantasía de él como amante furtivo. Del cabecero en rosa palo. Sólo piensa en llegar hasta esa puerta entreabierta que queda al otro lado de la habitación y que, calcula, debe ser el ansiado cuarto de baño.

Aparta un par de peluches en el trayecto y se abalanza sobre el pomo que le separa de la necesaria evacuación. Tantea la pared y no encuentra la luz. Su mano desciende, mucho, hasta dar con el interruptor. Todo se ilumina y es entonces cuando ve las barras. Barras por todas partes. Metálicas, cromadas. Barras junto a un lavabo que apenas levanta cuatro pies del suelo. Barras sobre la ducha, donde un arnés cuelga del techo. Es una habitación espaciosa, con un retrete flanqueado también por varias barras. Seguro que nadie se cae en ese cuarto de baño. Eso quiere pensar el gordo. Unos padres sobreprotectores con miedo a los resbalones. Será eso.

El gordito se acerca al retrete, levanta la tapa y se pone a lo suyo. Nada más iniciar el chorro no puede quitarle ojo a la fría y brillante barra que tiene a su lado, anclada a la pared, como el casco de un buque rompiendo el aire. Trata de recordar lo que hizo la noche anterior. Llegó borracho a aquel bar, los amigos se habían perdido por el camino, y la vio, sentada a la mesa, preciosa. Se acercó a ella, que quizás estaba acompañada pero no podría jurarlo. No recuerda qué le dijo pero sí que bebieron algo. Y tras el primer sorbo todo se desdibuja aún más.

Algo repica ahí abajo y cuando el gordito sale del espesor de su cabeza se da cuenta de que está meando por fuera. Lo seca, duda unos instantes y finalmente tira de la cadena. Cuando regresa a la habitación la chica ya está despierta. Sobre la cama, a un lado, ve unas barras -también en rosa- de las que no se había percatado antes. La chica sonríe. Está desperezándose y el gordito no puede evitar buscarle las piernas con la mirada. La chica se ayuda de las barras para incorporarse, apoyando su espalda contra el cabecero, sonriendo de nuevo.

-Hola -le dice- Y el gordito no sabe muy bien qué contestar.

-Hola -parecía la respuesta más lógica y prudente-.

El gordito se acerca hasta el borde de la cama y se sienta, junto a ella, pegado a ella.

-Ayer me lo pasé muy bien -le dice cariñosa-.

-Ya -el gordito no le quita ojo a las piernas de la chica, acercando su mano poco a poco, tanteando-.

El gordo pone su mano con disimulo sobre una de las piernas mientras escruta el rostro de la chica con la mirada, tratando de adivinar. La chica le sonríe, algo confusa, cuando el gordito comienza a darle una ligeras palmaditas sobre el muslo, asintiendo, como buscando una respuesta, un roce, un espasmo, una contracción. Pero nada.

-¿Quieres comer algo? -pregunta la chica, expectante-

-Sí.

El gordito afirma pero no aparta su mirada de la de ella. Continúa tratando de desvelar los misterios de la noche pasada, como si en el pozo de los ojos de la chica se pudiesen pescar los recuerdos perdidos. Ahora le aprieta un poco la pierna, hundiendo sus deditos rollizos y peludos, haciendo fuerza, aproximándose al pellizco.

-¿Qué haces? -la chica no comprende nada-.

-¿Qué? -el gordito parece comprender menos aún-.

La chica le señala su pierna, asfixiada por las manos regordetas, con un gesto de cabeza.

-¿Por qué?¿Te molesta?

-No.

-Pero… ¿no te molesta porque no te molesta o porque no…?

-No la siento.

-Ya.

Y el gordito quita la mano al instante. No sabe qué hacer y mira a su alrededor. Ve a Chispa, solo a Chispa. Por todas partes.

-¿Y qué fue de Chispa? -le pregunta a la chica con una estúpida sonrisa de circunstancia en la cara-.

Y ella llora. Primero se le enrojecen los ojos, luego trata de contenerse. Podría ser un ataque de alergia. Pero no. Está llorando. Está llorando desconsolada en la cama, está gritando, arrugando las sábanas contra su rostro, empapándolas. El gordito ya está buscando sus pantalones cuando la puerta de la habitación se abre de repente.

Un hombre y una mujer entran en torrente. El hombre lleva unos globos que deja atrás según avanza, la mujer, apurada, deposita lo que parece una tarta en una de las cómodas de la entrada. Los dos se acercan preocupados hasta la cama donde está la chica sin reparar en el gordito, que ya se está calzando las botas, tratando de abotonarse la camisa.

-Bueno, que yo ya me iba -lo dice despidiéndose con la cabeza de la chica, todavía destrozada-.

Pero antes de que el gordito pueda seguir avanzando, la mano del hombre le corta el paso oprimiéndole el pecho. El gordo frena en seco, sus chichas se contraen con la presión y el sudor se le paraliza. Alza la vista y ve al hombre, alto, poderoso, clavándole unos ojos azules y penetrantes. Y es entonces cuando le reconoce. De la noche anterior. Sentados a la mesa de aquel bar, el hombre y la mujer, junto a la chica. Una familia feliz.

-Yo… -le cuesta balbucear al gordito-.

-Gracias -le espeta el hombre antes de que el gordito pueda seguir humillándose-. Gracias -le dice de nuevo-.

Y lo sentencia. Lo mastica. Lo dice con toda la solemnidad y el sincero sentimiento con el que podría decirlo alguien que realmente lo siente, que lo siente más que el respirar. El gordito asiente con la mano del hombre todavía sobre su pecho y le dedica una última mirada a la chica, que abrazada a su madre y a lo que parece un peluche de Chispa continúa con la lágrima viva, antes de encarar la puerta del cuarto.

Y mientras el gordito avanza hacia la salida, con los llantos de aquella extraña y lisiada amazona rubia a sus espaldas, no deja de pensar en que, con todo, es afortunado. Y al abrir la puerta, antes de cruzar el umbral, ve la tarta que la mujer dejó sobre la cómoda, donde, escrito en letras bien grandes de crema pastelera, se puede leer “Felicidades”. Y dedicándole el definitivo vistazo a la escena, el gordito siente que esas palabras, más que nunca, son su merecido regalo después de tantos años encajando goles.

Gente diestra jodiéndote la vida

julio 1, 2012

Nata pensó en bajarle el volumen a la música pero estaba tan nerviosa que se equivocó al manipular los controles de la radio. Lo que sube va hacia la derecha y lo que baja hacia la izquierda. Lo siguiente es la derecha y lo anterior la izquierda. No sabemos muy bien porqué pero la ruedecilla de una radio funciona así, el mundo funciona así. Alguien decidió que funcionase así.

Esta concepción del avance, de la suma, de la creación hacia la diestra, tuvo lugar siglos atrás, en Damasco, cuando un relojero, hombre serio y prudente que era diestro, quiso que fuese así. Si aquel hombre hubiese sido zurdo, nuestras vidas, y las ruedecillas de nuestras radios, serían muy distintas. Pero no. Si aquel hombre serio que era diestro hubiese sido zurdo -y hubiese sabido imponerse a la oligarquía diestra que pese a ser minoría siempre controló la producción de dispositivos con elementos de avance circular-, la ruedecilla que controlaba el volumen de aquel aparato hubiese reaccionado acorde con los propósitos de Nata: la música hubiese bajado, Nata hubiese pedido disculpas, hubiese soltado algo bonito y, quizás, Roberto hubiese parado el coche y, quizás, la hubiese besado.

Y esto último depende de cuán bonito hubiese sido lo que dijese Nata. Si las radios funcionasen al revés y el volumen de aquella canción bajase y Nata soltase un “Te quiero” todo el mundo hubiese sonreído. Porque en la emisora estaban echando “He Loves and She Loves” y a Roberto le encantaba aquella canción. La primera vez que la oyó, afuera hacía un día estupendo y brillaba el sol y desde ese día siempre que la oía el tiempo era un poco mejor. Así que Nata lo tenía todo en su muñeca, lo tenía todo para hacer un fadeout, que Ella Fitzgerald susurrase creando ambiente, que Roberto parase el coche, que todo se fundiese, que ahí, sí que sí, subiese la música. Que todo se arreglase.

Pero no. El estruendo de Fitzgerald lo abarcó todo creando el caos. Un ruido que se apoderó del automóvil, de los pies de Roberto, del aire que respiraban, de su vida. “He Loves and She Loves” a un volumen demencial, reventando los tímpanos, reventando el amor convaleciente que ahí quedaba. Nata destrozó su relación con Roberto, destrozó el recuerdo de una hermosa canción y ya no habría jamás un perdón y sólo quizás un tímido saludo por la calle como única migaja de lo que habían compartido.

Y aunque habrá quien pueda culpar de todo este desaguisado a aquel hombre prudente y diestro de Damasco, asumamos que el fiasco de esta relación corre a cargo de Nata. Por inconsciente, por apurada, por girar mal la ruedecilla. Porque todos sabemos que el volumen de la radio sólo disminuye si giramos la rosca hacia la izquierda, a no ser que conduzcas el coche marcha atrás, en cuyo caso los controles de la radio se invierten y el volumen se baja girando la ruedecilla correspondiente hacia la derecha. Un movimiento afecta a otro. Porque son sinergias conectadas, son fuerzas que se nos escapan, que habitan nuestros humores, que sólo las moscas de la fruta pueden ver, de esa manera tan particular, tan suya, que tienen ellas.

El ocio de los niños del ahora

julio 1, 2012

Chupar la barra del metro. Chupar el casco de un obrero.
Escupir luego en él y darle vueltas con la pala.
Pensar en Norma Duval un rato,
Y ponerse unas braguitas de Punto Roma.
Salir a jugar al parque, a lanzarse canicas a los ojos.
Matarse un rato, antes de la merienda.
Que así pasan los niños las tardes de los sábados.
Que así escapan ellos de lo que echan por la tele.

Alegato contra mi persona

junio 27, 2012

Esto podría ser otro grito desesperado contra la crisis. Podría señalar con mi dedo incriminatorio a esos culpables que me engañaron y me arrebataron el futuro. Yo no soy nada porque no me dejan ser nada. Pero esa sería una bomba de humo, una estratagema disuasoria.

 

No sé muy bien en qué momento las cosas se complicaron, en qué punto lo hice mal. Porque supongo que debió haber un instante exacto en el que lo mandase todo a la mierda. Supongo que mi existencia se puede plegar sobre si misma y que esa fracción de segundo, que es lo que dura una decisión mal tomada, marca la separación entre lo que pudo haber sido y lo que fue.

Porque yo podría haber hecho cosas importantes. Si tenemos en cuenta el plan de ruta, mi camino iba por buen camino. Buenas notas, buen colegio, espabilado. Buena alimentación, buen deportista, guapete.

Tendría que haber hecho ciencias. Tendría que haber hecho otra carrera. Me tendría que haber cambiado de carrera. No tendría que haber hecho una carrera. La verdad es que conozco gente con trabajo. Con trabajo estable. Conozco gente con un trabajo estable que les da para vivir. Conozco gente que de pequeña no apuntaba tan alto como yo y que ahora tienen un trabajo estable que les da para vivir.

En algún momento mi mundo se plegó. Un día te dicen que haces las cosas bien. Pero todavía no sabes qué cosas haces. De pequeño haces de todo. Hasta que un día descubres qué es lo que haces, de verdad. Qué es lo que mejor haces. Te lo piensas, porque hay otras cosas que también haces, cosas que resultarían más provechosas. Pero te la juegas, eres sincero, y optas por lo primero, por lo que te llena. Y lo haces. Y eres bueno. Y no necesitas saber que eso que haces importa poco, que no cuentas dinero en un banco, que no dibujas los pilares de una casa. No necesitas saberlo porque en el fondo ya lo sabes. A ti no te importa, porque te gusta lo que haces, hasta que comprendes que no vas a ninguna parte.

Y se te mezclan los conceptos y crees que quizás eso que haces es solo un pasatiempo. Que te gusta como te gusta pasear cuando llueve. Bueno, un poco más. Que te gusta como te gustaba moldear plastilina cuando eras niño. Entonces, una de esas noches que te despiertas cansado, te lo preguntas. Te planteas tu vida hasta ahora, te lamentas de no haber tomado otro camino y te lo preguntas. ¿Por qué, Quique? ¿Por qué te dedicaste a escribir? ¿Por qué no hiciste algo útil? ¿Por qué no te pusiste a moldear plastilina?

Tácticas de ligoteo para guionistas (y otra gente con encanto)

abril 9, 2012

Sé que es un problema común. Tiene que serlo. Si uno no es guionista en plantilla, de los que fichan en la oficina y pertenecen a un grupo de trabajo, sus círculos sociales se verán reducidos, al menos en lo que concierne al día a día, a la rutina laboral. Escribir solo desde casa es una profesión jodida. Es una profesión solitaria.

Mientras vivía en pareja no fui consciente de todo esto. Te aburres y la llamas. Te sientes solo mientras trabajas pero sabes que dejarás de sentirte solo cuando ella deje de trabajar. Escribir desde casa, sin compañía alguna, está muy bien cuando ya tienes novia. Resultas ciertamente enigmático, ella puede alardear con sus amistades y sus compañías e, incluso, puede sentir ese pequeño refuerzo que le garantiza que no me lo montaré con ninguna compañera del curro (lo mío con la impresora nunca fue a ninguna parte). Sin embargo, cuando arremete la soltería, escribir en casa viene a reforzar lo que ya sabes: Que estás solo.

Te planteas entonces un punto de giro en la trama amorosa de tu vida. Necesitas un detonante. Lo que un guionista casero puede hacer para gozar de nueva compañía, femenina o no, pasa por:

  1. Dejar de ser un guionista casero. Esto supone encontrar otro trabajo y el panorama se muestra ciertamente desolador. Encontrar trabajo de guionista dentro de una plantilla, con gente maja que comparta tus intereses y que pueda ampliar tus círculos de féminas conocidas, se me antoja complicado. Bien cierto es que podría buscar otra ocupación, algo que me permita socializar, trabajos en los que conoces un montón de gente, del palo de: Comercial, comercial puerta por puerta, comercial a pie de calle, captador de socios para una ONG.
  2. Volver a abrazar la vida nocturna. De noche hay mujeres. Bien cierto es. Y de noche se conocen mujeres. Inevitable. Pero nunca me ha cuajado la cosa. Compréndanme, podría hacer el esfuerzo. Podría salir, podría salir mucho. Y beber. Y sentarme en una barra. Y pedir algo que fuese muy de hombre. Podría incluso tirarme del moco y decirles que soy escritor, y que tengo unos poemas, y que si quieren se los leo. O les escribo yo uno, qué cojones. Podría hacer todo eso y quizás no me fuese mal. Pero de verdad, compréndanme. Me da una pereza tremenda.
  3. Comenzar a escribir en las cafeterías. En las cafeterías por lo general hay gente. El truco está en la constancia. Si vas una vez no sacarás mucho en claro porque lo más probable es que nadie te tome en serio si pretendes entablar una conversación sobre azucarillos así de repente, pero la magia surge cuando te conviertes en ese chico atractivo, con cierto desaliño casual y meditado, que se sienta a escribir todos los días, a la misma hora, en el mismo sitio. Ahí empiezas a molar. Pide siempre lo mismo. Un día pide otra cosa. Descolócala. Ahí ya hay una conversación.

Desde luego el abanico de posibilidades se puede ampliar y yo tan solo he bosquejado unas pocas opciones posibles. Como todo en la vida, bien seas un guionista que escribe desde casa y tiene a bien levantarse a las 11:30 a.m., bien seas Warren Beatty entre 1960 y 1992, uno nunca puede planificar a quién va a conocer, ni el cuándo, ni el cómo.

Más allá del ingenio que pretendí hacer brotar, en las opciones que acabo de plantearos no hay grandes verdades. Quizás podríamos ampliar un punto. Explicar cómo alguien pretende ser la mar de salado escribiendo algo en internet, deseando que quizás otra persona lo lea y se interese. Puede que todo esto no sea más que una excusa. Que el medio sea el fin. Que yo pretenda conocer gente con esto. Gustar. Todo muy meta.

Sin embargo, no perdamos el hilo. Aquí vinimos a hablar de lo que reza el título. Porque ser guionista también puede facilitarnos una serie de herramientas que nos ayuden a encarrilar satisfactoriamente la primera base. Porque conocer a alguien, socializar, hacer amiguitos, no es más que el comienzo. Una vez que sabes dónde está la gente tienes que empezar a interesarle a esa gente. Si te gusta hablar de política entrarás en determinados círculos y llamarás a todo el mundo “compañero” (probablemente porque no conozcas su nombre), si a la chica le gusta Quique González te dejarás una barba horrible y te comprarás una guitarra con cuerdas de nailon. Buscarás agradar.

Pues bien, si eres guionista, si tus intereses pasan por que te gusten más esas series y películas que el resto de la gente piensa que a ellos les gustan más que a nadie (pero que no es así, porque a ti te gustan más), también tienes esperanza. Tú has pensado antes que ellos en la mejor frase para entrar en una conversación. Has pensado qué decir antes de un beso. Sabes que los clímax molan más si antes hubo un anticlímax. Pero también sabes que si solo hubo anticlímax estás ante una calientapollas. Has contado historias y te has inventado finales y sabes que lo peor que te pueden hacer ya se lo hizo Woody Allen a Mia Farrow.

Os voy a revelar mis secretos, mis cuatro estrategias de encandilamiento, el Olimpo de la conquista. Son fruto de ciertos encantos personales, de mi formación dándole a la tecla y de años de tenaz voracidad lectora. No lo desaprovechéis, en serio. Es “La semilla inmortal” del Amor.

  1. “Te quiero”. Es un salto al vacío. Un todo o nada. Hay que tener arrestos para emplearlo en el momento adecuado. Pensemos en Ted Mosby. Ted Mosby lo emplea mal, lo emplea tarde. Su “Te quiero” desencadena lo que no quiere desencadenar. Pero su metedura da pie a una bonita trama amorosa de primera temporada y nos dice un par de cosas sobre ese personaje: Es ridículamente estúpido y cree en el Amor. Que viene a ser lo mismo. El “Te quiero” adecuado debe romper de inicio y debe fundamentarse en un absurdo que es intrínseco a él. Esto es, “Te quiero” es lo primero que tienes que decirle. Ni “Hola, ¿estás sola?” ni “Tu cara me suena”. No. Dile “Te quiero”. Así, a la buena de Dios. No se verá agobiada porque no tendrá porqué. Serás un loco. Un loco encantador. Si la cosa va a más, reafírmate. Dile que aquella vez, la primera vez que la viste, la querías. Que no sabías porque, pero la querías. Y que no hay más. Ni hubo más. Ni nada. Pero tarda en volver a decírselo. Meses si eso.
  2. “Amar tirado en un sofá/viendo una película/comiendo helado”.  El truco está en saber proyectar el momento utópico, álgido, mágico, fantaestupendo, de cualquier relación de finales del s. XX, principios del s. XXI. Tú no quieres sexo. Bueno, sí que lo quieres, y ella tiene que saber que lo quieres. Tiene que saber que sexualmente eres competente, pero también tiene que saber que hay otro agujerito que llenar. Tú lo que quieres es cariño. No quieres amor, no todavía. No tienes que asustarla. No quieres una relación. Solo quieres ver una película, en un sofá. Y hacer palomitas. Y que haya una manta. Quieres recrear la perfección de la vida en pareja, construir la escena. Antes de irte le darás un beso. Y la llamarás, otro día, para preguntarle qué tal todo.
  3. “Me han hecho daño. Lloro”. Eres un tío sensible con las defensas bajas. Has amado. ¿Sabes ese cachorrito? Tú eres ese cachorrito. Recopila todas esas frases que nunca dirías y dilas. Como si nunca se hubiesen dicho antes. Es decoro poético. Ahora tú eres ese personaje desdichado, dechado del que tiene muchísimo amor que dar. Aquí tendréis que afilar vuestro talento en los diálogos, pero permitidme algunas perlas que, aderezadas con una mirada lacrimosa, causan un efecto devastador de lástima. Y la lástima puede ser una puerta abierta. Por ejemplo, soltad cosas como “Yo sólo quería hacerla la mujer más feliz del mundo” o “Nunca volveré a amar, ¿verdad?”. Justo después de ese “¿verdad?” mírala muy fuerte. Muy, muy fuerte. Quizás logres un beso. Genio.
  4. “Maldad y redención”. Es uno de mis favoritos. Es el conflicto Western. El conflicto Eastwood. Es William Munny. Eres malo y una mujer tiene que enderezarte. Domar al indomable. Consiste en ser un capullo con el arte suficiente para no serlo demasiado. Tienes que ser malo. Malo con ella. Malo contigo. Pero dejar una puertecita abierta a la esperanza, a la salvación. Que ella piense que tú piensas que no la necesitas pero que crea firmemente que estás equivocado. Ahora que no podemos cabalgar por el desierto ni sumarnos a una banda de forajidos, tenemos que adaptar el guión. Lo que podemos hacer es no devolverles las llamadas y salir de vez en cuando con ese colega soltero que un día probó los rohipnoles.

Espero que os hayan servido de ayuda esta ristra de consejos y consideraciones. La vida sería mucho más sencilla si las relaciones tuviesen tres actos y durasen noventa minutos.

 

Siestas tristes que no echabas de menos

abril 1, 2012

Antes que ella hubo otras y pensó que después de ella habría más. Pero no quería recurrir a la lógica porque era tiempo de otras cosas. Se echó a dormir porque tenía frío. Y afuera la noche estaba agradable. Cuando despertó pensó en ella y recordó dónde había estado todo aquel tiempo. Lejos del agua y del sol, un chico perdido entre la hierba. Fue entonces cuando despertó de nuevo y supo donde estaba. Y que estaba triste.

Salir de la cama le recordaba a ella. Porque con ella había estado en esa cama. Meterse bajo la ducha le recordaba a ella, y el agua que corría entre sus piernas, y alguna lágrima. Y quiso volver a dormirse y no recordar nada. El chico tendría que levantarse cada día. Pensó en eso. Y en su ausencia. Volvió a la cama e hizo un arco con sus brazos, abrazando el vacío. Probó a respirar profundo y creyó tenerla cerca. Pero el agua estaba lejos. El sol estaba lejos. Y la hierba crecía en aquella cama.

Salió de la casa sin mirar la hora. Esquivar el tiempo sólo podría traer algo bueno. Pensó en comer y no tenía hambre. Luego pensó en ella y no quería hacerlo. Debajo de la casa del chico, a unas pocas calles, había un supermercado. El chico solía comprar allí con ella. Sabía que volver a la misma tienda solo alargaría los recuerdos. Entonces recordó aquel otro supermercado, y entró en el de siempre. Cogería la mitad de todo porque ella ya no estaba. Cocinaría la mitad de todo. Comería la mitad. Dormiría la mitad y viviría la mitad.

Una jovencita muy atractiva le miró al cruzar el pasillo de los congelados. El chico le habría devuelto la mirada, habría fantaseado con hacer el amor sobre unos palitos de merluza. Pero todo eso se había ido y sólo quedaba ella. Y el recuerdo del chico naufragó hasta la última vez que habían hecho el amor. Reflexionó sobre aquello. Nunca sabría cuando sería la última vez. No recordaba muy bien cómo había sido. Una especie de orgullo primario y estúpido le hizo desear tan sólo haber estado a la altura. Ignoró a la chica de los congelados. Incluso le deseó un constipado por recordarle aquello.

En la cola, la cajera miró al chico comprendiendo su tristeza. Probablemente fue una mirada sin más, pero para él en aquellos ojos había algo de comunión. De empatía. Pensó en llorar sobre ella, sobre la caja, sobre la barra de pan. Pensó en agradecerle su comprensión. Finalmente recogió el cambio. No quería los puntos para la vajilla.

Mientras se aproximaba al portal de casa sacó las llaves. Y deseó que ninguna encajase. Deseó quedarse fuera y no subir allí arriba nunca más. Pero tan sólo tuvo que girar la muñeca. Y todo había vuelto sin llegar a irse.

No creo que aguante un mes sin Facebook.

marzo 26, 2012

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O guión que habito

febrero 9, 2012

Por razones que se me escapan sigue habiendo gente interesada en que mi cara salga en lo que ellos hacen. Todo un honor teniendo en cuenta que apenas se me entiende al hablar, así que deduzco que mi belleza eclipsa todo lo demás. Está vez le toca a un pequeño corto que corre a cargo de Jesús Ferrer y Cibrán Tenreiro, con la colaboración de un montón de buena gente más, entre ellos mi amigo Pepe Mansilla que, aparte de lucir la mejor gorra que parió jamás madre, se marcó también un cartel muy majo. Concretamente este:

-¡Fijaos!¡El del cartel!¡Soy yo! -Cállate

El cortico fue concebido para participar en el Notodofilm, un festival que triunfa en España, probablemente porque está dirigido a la gente vaga, que somos mayoría. Dicho todo lo cual, aquí os dejo el enlace, para que lo gozéis tan ricamente y os quedéis con ganas de más:

O GUIÓN QUE HABITO (el título es un puro gancho comercial. No sale nadie disfrazado de tigre ni yo le hago una vaginoplastia a Elena Anaya en su punto de giro. Que quede claro).

Una enorme bola azul en expansión sobre nuestras cabezas – II

enero 16, 2012

Dejé la barra mordisqueada sobre la mesa. Me había costado bastante conseguir una barra de pan caliente. La mayoría de las tahonas habían cerrado. Mucha gente se había ido. Ella seguía en la ducha pero de la cocina me llegaba un olor a comida que me hizo suponer lo evidente. No encendí la televisión porque ya supuse lo que estarían echando. Llevaban dos días con lo mismo. Planos eternos de esa dichosa esfera azul, diagramas que mostraban su crecimiento exponencial. Preferí acercarme a la ventana y verlo, una vez más, con mis propios ojos.

No era homogénea. La intensidad de su azul variaba y, si uno perdía la vista sobre aquella superficie, juraría que las vetas y los remolinos que se podían ver en ella marcaban un extraño compás, moviéndose, deformándose. Recordé haber visto un diagrama respecto a eso. Las cosas, allí arriba, no permanecían quietas. Por eso en un primer momento creyeron que era gas.

Pero habían desechado esa teoría. Demasiado concentrado. Supongo que las pesquisas estarían ahí, eran ellos, y no yo, los que llevaban bata, pero tampoco comprendía muy bien hacía dónde apuntaban los científicos. “Un efecto del gas invernadero” era lo que vendían muchos, sobre todo unos gobiernos espídicos, necesitados de un bálsamo que tranquilizase a la población. Pero ya dije que el Apocalipsis, probablemente el Apocalipsis más aburrido del mundo, estaba por todas partes.

Los conspiracionistas, los paranoides, los advenedizos al fin del mundo, aullaban por las calles. Luego, una gran mayoría de jóvenes, mirábamos con resignación por encima de la línea del horizonte. Habíamos tragado con tantas cosas que aquello no nos parecía mejor ni peor sino, quizás, una breve ruptura en la monotonía.

La oí salir de la ducha y le dediqué una última mirada a aquella esfera antes de correr a abrazar a mi novia. Un punto rojo parecía brotar en mitad de la inmensidad azul.