Pedorro

La primera vez que ella tuvo un aire vaginal él pensó que se trataba de una convención, que no tenía que andarse con exquisiteces y que en aquel revolcón no se exigía una etiqueta. Dejó entonces escapar un gas, un pedo, un efluvio. Ella le miró, asqueada y disgustada ante su comportamiento. “Lo mío era un aire vaginal” le soltó en forma de reproche. Y él, que nunca antes había sentido algo así por una mujer, que no podía dejarla escapar, sólo acertó a construir una excusa: “Ya, claro. Lo mío también”.

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