Permutaciones

La primera vez que la vi me sacudí el pelo. Yo de aquella tenía un pelo lacio y largo, un pelo como de plancha cara, de tratamiento en peluquería francesa, de mimos de champunier. Ella era más bonita que un primer orgasmo y mi quiebro capilar pretendía llamar su atención. Mi melena era una red de pelazo y ella un pececito que se colaba entre los anillos de la malla. Sin inmutarse.

La segunda vez que la vi fue en una esquina cerca de mi casa, donde los domingos, integrado dentro del mercadillo del barrio, se colocaba un puesto de barquillos. Un puesto de barquillos. Una cosa como muy vieja. Yo estaba eufórico. Qué chica aquella. Qué rostro. Qué andares. Qué poco caso me hacia. Al verla apresuré el paso con la intención de comprar un barquillo. El viejo me dio uno grande, dorado y crujiente que, al instante, le ofrecí a ella, que se detuvo en seco. Me miró. Sonreí. “Un barquillo es una cosa como muy vieja”, me dijo. Y siguió su camino masticando adoquines.

La tercera vez que la vi paseaba de la mano de otro que era yo. Comía un barquillo grande, crujiente y dorado mientras jugueteaba con el pelo lacio y largo, como de plancha cara y mimos de champunier, de su acompañante. Pensé en decirle algo, a lo lejos, pero vi como eran los labios del otro los que se movían junto a su oído. Ella se detenía entonces y le besaba y yo, quizás por el viento húmedo que me daba en la cara, noté su caricia en la distancia. Y esa misma tarde me corté el pelo.

La cuarta vez que la vi fue ella quien se dirigió a mí. Me clavó los ojitos como quien hilvana una aguja. Y luego se disculpó. “Pensé que eras otras personas, perdona”. Y yo que quería gritarle que no, que estaba en lo cierto. Que yo era yo, sí, pero también esas otras personas. Y debió de escuchar el eco de aquello en mi cabeza porque ya se estaba yendo cuando se giró en un suspiro, volviendo hacia mí. “¿Me invitas a un barquillo?”, me dijo. Y aquello sonaba todo lo raro que puede sonar. Como fuera del tiempo y el espacio. Como el canto de cisne de una loca. Pero era demasiado guapa y yo, que nunca había probado un barquillo, sólo acerté a contestar que aquello era una cosa como muy vieja. Se sonrió. “Eso te lo dije, te lo digo y te lo diré”. Siempre.

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