Piececitos no gracias

Tendría yo ocho años y a veces me llevaban a pasar el fin de semana a un pueblo del interior. Estaba encajonado en la sierra, en terreno escarpado. Crecían árboles frondosos que ahora vería como robles pero de aquel entonces sólo recuerdo sus hojas. Algo parecido me ocurre con el río cuando, por más que lo intento, sólo se me viene a la cabeza el repiqueteo del agua bajando, de los cántaros rebotando a lo largo del cauce.

Son elementos que conforman un único paisaje. El de mi encuentro con ella. Ella tendría un par de años más que yo y era vecina del pueblo. Nunca tuve muy claro si seríamos familia lejana o no. No se parecía a mí, para empezar porque era chica, y sus atributos, dejando a un lado lo oscuro de su piel, se me presentaban como cuerpos extraños. Todavía después de tantos años, cada vez que paseo por la orilla de un río, y lo escucho, y veo esas hojas meciéndose, me acuerdo del olor dulzón que desprendía.

Una tarde con las nubes lejos de la sierra, me dijo que la acompañara a la ribera, a refrescarnos, a chapotear un poco. Y recuerdo que nos habían dado fruta en casa, el jugo de los peladillos que comíamos como críos, manchándonos la cara, lanzándonos el hueso. Era cómodo correr por aquella hierba fresca, bajo la sombra de aquellos árboles. Corríamos y corríamos, persiguiéndonos hasta la extenuación, hasta caer rendidos en el colchón verde y espeso del bosque. Ella se me acercaba y yo pensaba en mi primo el mayor, que había besado a una chica hacía poco, que yo lo había visto, agarrándola fuerte por la cintura, con la misma fruición con la que recogía el sedal cuando iba a por salmones.

Recuerdo que ella se acercaba a mí despacio y yo no la veía, solo escuchaba el sonido del río, invadiéndolo todo, como si el cauce hubiese crecido en apenas un instante, desbordándose, ahogándonos a los dos en la inundación. Y fue entonces cuando me agarró el pie, aquel piececito blanco y descalzo, y lo condujo a través de la hierba fresca, directamente al interior de sus muslos. Me pidió que apretara y yo no entendía nada. Miré al cielo y vi las hojas, manchadas por la luz, moviéndose sin moverse.

Pisé donde ella me dijo que pisara, haciendo fuerza. Recordé la hierba blanda y fresca por la que había corrido minutos antes, el tiempo de la vendimia, saltando y bailando sobre el zumo de uva. Y la sombra de aquel río bajo el ruido de las hojas.

Y entonces noté la presión directa y punzante, mi estómago contraído con el gesto generoso del pie de ella, también entre mis muslos, apretando -ahora lo comprendo- con la misma inconsciencia con la que el mío apretaba antes. Y allí estábamos los dos, sucumbiendo ante un reflejo primitivo cuyo significado real se nos escapaba, como dos siameses unidos por la curiosidad.

La única diferencia es que a ella aquello parecía gustarle. Se revolvía, acercándose a mí, obligándome a recular, aproximándose cada vez más, con su pie entre mi inocente entrepierna, causándome un dolor horrible, aplastándome mis partes. Lo que para ella era un gesto de comunión, un beneficio mutuo, para mí era el horror del paso a la madurez.

Traté de concentrarme bajo el fresco crepitar del río. Pensé en decirle algo pero tenía miedo a equivocarme, a no saber apreciar lo que mi primo el mayor sin duda disfrutaba con las chicas que se acercaban al baile. Mi pie descalzo era un objeto del placer. Yo era un niño mártir, un pionero en las artes amatorias dispuesto a cualquier sacrificio con tal de poder contarlo, con tal de hacer feliz a aquella chica.

Recuerdo que hacía calor. Y unas hojas. Y el agua a escasos metros de nosotros.

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