Barras

                        A Ernesto. Qué bueno sería amanecer un día a su lado.

Es un tipo gordo, de los que no levantan mucho del suelo, de los que siempre ponían de portero en los partidos de patio de escuela. Pero ayer folló duro.

Tarda un poco en darse cuenta de lo que hizo. Realmente no puede recordarlo -no puede recordar casi nada- y únicamente lo está suponiendo, deduciéndolo al ver la espalda desnuda de una chica perfilándose sobre el colchón, con todo revuelto, sus calzoncillos sobre la almohada, el pito gastado. Pero sí, es obvio, a todas luces el gordito ha pillado, el gordito ya no está bajo los palos. Porque el gordito ahora mete golazos por la escuadra.

Está confuso y trata de ubicarse en el mareo. No es su habitación, eso está claro. El cabecero de la cama está tapizado en rosa palo. No es que a él no le guste el rosa palo sino que jamás tendría un cabecero en la cama. Mira la mesilla que tiene a su lado mientras intenta taparse un poco, avergonzándose de sus lorzas, como las chicas que se tapan los pechos con las sábanas después de hacer el amor en un acto de pudor que pierde mucho encanto si eres hombre. Una fotografía le vigila. A través de destellos reconoce en ella a la chica de la noche anterior, la chica que está ahora a su lado. Monta un caballo moteado y sonríe. Una amazona rubia. Pero en la imagen parece más niña de lo que él recordaba y le invade un sentimiento de culpabilidad pederasta. Asustado, vuelve a comprobar el cuerpo que reposa sobre la cama. Es una mujer, joven y tersa, pero una mujer. De nuevo todo bien pese al rosa palo.

La chica duerme tranquila y al gordito le parece escuchar un ruido fuera de la habitación. Paranoico repasa el resto de las fotografías, buscando la permutación de algún guaperas que se repita aquí y allá, fantaseando con la idea de que una jovencita preciosa como esa le haya escogido a él para serle infiel a un cretino alto, rubio, delgado y con un MBA por la ICADE Business School. Pero nada. Todo amigas, siempre alrededor de ella. Y el dichoso caballo. Por todas partes.

El ruido no va a más y el gordito se imagina que la casa es vieja. Se incorpora y el peso se redistribuye, agitando el sueño de la chica, que suelta un gruñidito de placer mientras acerca su torso al hueco que acaba de quedar vacío. El gordo afortunado la mira desde lo alto. Tirada sobre la cama, desnuda, cruzándola en una diagonal perfecta que lo abarca todo, la chica parece decir algo.

-Sacrifícame a mí -lo gime entre sueños, apenas perceptible, y el gordito se inclina pegando el oído- A Chispa no. A mí -y ahora parece más claro- Sacrifícame a mí. A Chispa no. No. A mí.

Y el gordo se sobresalta cuando, como en una revelación, le vuelve la imagen del caballo, la imagen que está por todas partes. Y no tarda en encontrar lo que busca. Sobre el tocador, un marco de plata con la instantánea de una banda cruzando el fibroso cuello del equino con el nombre “Chispa” grabado en ella. A su lado la chica sonriendo. Y fuera de los márgenes de esa fotografía, de pie en mitad de esa habitación de niña grande, el gordito debatiéndose entre la ternura y el miedo. Hasta que le entran ganas de mear.

Unas irrefrenables ganas de mear que hacen que se olvide de “Chispa”. Que se olvide todo. De la chica en la cama, de los ruidos de afuera, de la posibilidad de un novio despechado, de la fantasía de él como amante furtivo. Del cabecero en rosa palo. Sólo piensa en llegar hasta esa puerta entreabierta que queda al otro lado de la habitación y que, calcula, debe ser el ansiado cuarto de baño.

Aparta un par de peluches en el trayecto y se abalanza sobre el pomo que le separa de la necesaria evacuación. Tantea la pared y no encuentra la luz. Su mano desciende, mucho, hasta dar con el interruptor. Todo se ilumina y es entonces cuando ve las barras. Barras por todas partes. Metálicas, cromadas. Barras junto a un lavabo que apenas levanta cuatro pies del suelo. Barras sobre la ducha, donde un arnés cuelga del techo. Es una habitación espaciosa, con un retrete flanqueado también por varias barras. Seguro que nadie se cae en ese cuarto de baño. Eso quiere pensar el gordo. Unos padres sobreprotectores con miedo a los resbalones. Será eso.

El gordito se acerca al retrete, levanta la tapa y se pone a lo suyo. Nada más iniciar el chorro no puede quitarle ojo a la fría y brillante barra que tiene a su lado, anclada a la pared, como el casco de un buque rompiendo el aire. Trata de recordar lo que hizo la noche anterior. Llegó borracho a aquel bar, los amigos se habían perdido por el camino, y la vio, sentada a la mesa, preciosa. Se acercó a ella, que quizás estaba acompañada pero no podría jurarlo. No recuerda qué le dijo pero sí que bebieron algo. Y tras el primer sorbo todo se desdibuja aún más.

Algo repica ahí abajo y cuando el gordito sale del espesor de su cabeza se da cuenta de que está meando por fuera. Lo seca, duda unos instantes y finalmente tira de la cadena. Cuando regresa a la habitación la chica ya está despierta. Sobre la cama, a un lado, ve unas barras -también en rosa- de las que no se había percatado antes. La chica sonríe. Está desperezándose y el gordito no puede evitar buscarle las piernas con la mirada. La chica se ayuda de las barras para incorporarse, apoyando su espalda contra el cabecero, sonriendo de nuevo.

-Hola -le dice- Y el gordito no sabe muy bien qué contestar.

-Hola -parecía la respuesta más lógica y prudente-.

El gordito se acerca hasta el borde de la cama y se sienta, junto a ella, pegado a ella.

-Ayer me lo pasé muy bien -le dice cariñosa-.

-Ya -el gordito no le quita ojo a las piernas de la chica, acercando su mano poco a poco, tanteando-.

El gordo pone su mano con disimulo sobre una de las piernas mientras escruta el rostro de la chica con la mirada, tratando de adivinar. La chica le sonríe, algo confusa, cuando el gordito comienza a darle una ligeras palmaditas sobre el muslo, asintiendo, como buscando una respuesta, un roce, un espasmo, una contracción. Pero nada.

-¿Quieres comer algo? -pregunta la chica, expectante-

-Sí.

El gordito afirma pero no aparta su mirada de la de ella. Continúa tratando de desvelar los misterios de la noche pasada, como si en el pozo de los ojos de la chica se pudiesen pescar los recuerdos perdidos. Ahora le aprieta un poco la pierna, hundiendo sus deditos rollizos y peludos, haciendo fuerza, aproximándose al pellizco.

-¿Qué haces? -la chica no comprende nada-.

-¿Qué? -el gordito parece comprender menos aún-.

La chica le señala su pierna, asfixiada por las manos regordetas, con un gesto de cabeza.

-¿Por qué?¿Te molesta?

-No.

-Pero… ¿no te molesta porque no te molesta o porque no…?

-No la siento.

-Ya.

Y el gordito quita la mano al instante. No sabe qué hacer y mira a su alrededor. Ve a Chispa, solo a Chispa. Por todas partes.

-¿Y qué fue de Chispa? -le pregunta a la chica con una estúpida sonrisa de circunstancia en la cara-.

Y ella llora. Primero se le enrojecen los ojos, luego trata de contenerse. Podría ser un ataque de alergia. Pero no. Está llorando. Está llorando desconsolada en la cama, está gritando, arrugando las sábanas contra su rostro, empapándolas. El gordito ya está buscando sus pantalones cuando la puerta de la habitación se abre de repente.

Un hombre y una mujer entran en torrente. El hombre lleva unos globos que deja atrás según avanza, la mujer, apurada, deposita lo que parece una tarta en una de las cómodas de la entrada. Los dos se acercan preocupados hasta la cama donde está la chica sin reparar en el gordito, que ya se está calzando las botas, tratando de abotonarse la camisa.

-Bueno, que yo ya me iba -lo dice despidiéndose con la cabeza de la chica, todavía destrozada-.

Pero antes de que el gordito pueda seguir avanzando, la mano del hombre le corta el paso oprimiéndole el pecho. El gordo frena en seco, sus chichas se contraen con la presión y el sudor se le paraliza. Alza la vista y ve al hombre, alto, poderoso, clavándole unos ojos azules y penetrantes. Y es entonces cuando le reconoce. De la noche anterior. Sentados a la mesa de aquel bar, el hombre y la mujer, junto a la chica. Una familia feliz.

-Yo… -le cuesta balbucear al gordito-.

-Gracias -le espeta el hombre antes de que el gordito pueda seguir humillándose-. Gracias -le dice de nuevo-.

Y lo sentencia. Lo mastica. Lo dice con toda la solemnidad y el sincero sentimiento con el que podría decirlo alguien que realmente lo siente, que lo siente más que el respirar. El gordito asiente con la mano del hombre todavía sobre su pecho y le dedica una última mirada a la chica, que abrazada a su madre y a lo que parece un peluche de Chispa continúa con la lágrima viva, antes de encarar la puerta del cuarto.

Y mientras el gordito avanza hacia la salida, con los llantos de aquella extraña y lisiada amazona rubia a sus espaldas, no deja de pensar en que, con todo, es afortunado. Y al abrir la puerta, antes de cruzar el umbral, ve la tarta que la mujer dejó sobre la cómoda, donde, escrito en letras bien grandes de crema pastelera, se puede leer “Felicidades”. Y dedicándole el definitivo vistazo a la escena, el gordito siente que esas palabras, más que nunca, son su merecido regalo después de tantos años encajando goles.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: