Gente diestra jodiéndote la vida

Nata pensó en bajarle el volumen a la música pero estaba tan nerviosa que se equivocó al manipular los controles de la radio. Lo que sube va hacia la derecha y lo que baja hacia la izquierda. Lo siguiente es la derecha y lo anterior la izquierda. No sabemos muy bien porqué pero la ruedecilla de una radio funciona así, el mundo funciona así. Alguien decidió que funcionase así.

Esta concepción del avance, de la suma, de la creación hacia la diestra, tuvo lugar siglos atrás, en Damasco, cuando un relojero, hombre serio y prudente que era diestro, quiso que fuese así. Si aquel hombre hubiese sido zurdo, nuestras vidas, y las ruedecillas de nuestras radios, serían muy distintas. Pero no. Si aquel hombre serio que era diestro hubiese sido zurdo -y hubiese sabido imponerse a la oligarquía diestra que pese a ser minoría siempre controló la producción de dispositivos con elementos de avance circular-, la ruedecilla que controlaba el volumen de aquel aparato hubiese reaccionado acorde con los propósitos de Nata: la música hubiese bajado, Nata hubiese pedido disculpas, hubiese soltado algo bonito y, quizás, Roberto hubiese parado el coche y, quizás, la hubiese besado.

Y esto último depende de cuán bonito hubiese sido lo que dijese Nata. Si las radios funcionasen al revés y el volumen de aquella canción bajase y Nata soltase un “Te quiero” todo el mundo hubiese sonreído. Porque en la emisora estaban echando “He Loves and She Loves” y a Roberto le encantaba aquella canción. La primera vez que la oyó, afuera hacía un día estupendo y brillaba el sol y desde ese día siempre que la oía el tiempo era un poco mejor. Así que Nata lo tenía todo en su muñeca, lo tenía todo para hacer un fadeout, que Ella Fitzgerald susurrase creando ambiente, que Roberto parase el coche, que todo se fundiese, que ahí, sí que sí, subiese la música. Que todo se arreglase.

Pero no. El estruendo de Fitzgerald lo abarcó todo creando el caos. Un ruido que se apoderó del automóvil, de los pies de Roberto, del aire que respiraban, de su vida. “He Loves and She Loves” a un volumen demencial, reventando los tímpanos, reventando el amor convaleciente que ahí quedaba. Nata destrozó su relación con Roberto, destrozó el recuerdo de una hermosa canción y ya no habría jamás un perdón y sólo quizás un tímido saludo por la calle como única migaja de lo que habían compartido.

Y aunque habrá quien pueda culpar de todo este desaguisado a aquel hombre prudente y diestro de Damasco, asumamos que el fiasco de esta relación corre a cargo de Nata. Por inconsciente, por apurada, por girar mal la ruedecilla. Porque todos sabemos que el volumen de la radio sólo disminuye si giramos la rosca hacia la izquierda, a no ser que conduzcas el coche marcha atrás, en cuyo caso los controles de la radio se invierten y el volumen se baja girando la ruedecilla correspondiente hacia la derecha. Un movimiento afecta a otro. Porque son sinergias conectadas, son fuerzas que se nos escapan, que habitan nuestros humores, que sólo las moscas de la fruta pueden ver, de esa manera tan particular, tan suya, que tienen ellas.

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