Tácticas de ligoteo para guionistas (y otra gente con encanto)

Sé que es un problema común. Tiene que serlo. Si uno no es guionista en plantilla, de los que fichan en la oficina y pertenecen a un grupo de trabajo, sus círculos sociales se verán reducidos, al menos en lo que concierne al día a día, a la rutina laboral. Escribir solo desde casa es una profesión jodida. Es una profesión solitaria.

Mientras vivía en pareja no fui consciente de todo esto. Te aburres y la llamas. Te sientes solo mientras trabajas pero sabes que dejarás de sentirte solo cuando ella deje de trabajar. Escribir desde casa, sin compañía alguna, está muy bien cuando ya tienes novia. Resultas ciertamente enigmático, ella puede alardear con sus amistades y sus compañías e, incluso, puede sentir ese pequeño refuerzo que le garantiza que no me lo montaré con ninguna compañera del curro (lo mío con la impresora nunca fue a ninguna parte). Sin embargo, cuando arremete la soltería, escribir en casa viene a reforzar lo que ya sabes: Que estás solo.

Te planteas entonces un punto de giro en la trama amorosa de tu vida. Necesitas un detonante. Lo que un guionista casero puede hacer para gozar de nueva compañía, femenina o no, pasa por:

  1. Dejar de ser un guionista casero. Esto supone encontrar otro trabajo y el panorama se muestra ciertamente desolador. Encontrar trabajo de guionista dentro de una plantilla, con gente maja que comparta tus intereses y que pueda ampliar tus círculos de féminas conocidas, se me antoja complicado. Bien cierto es que podría buscar otra ocupación, algo que me permita socializar, trabajos en los que conoces un montón de gente, del palo de: Comercial, comercial puerta por puerta, comercial a pie de calle, captador de socios para una ONG.
  2. Volver a abrazar la vida nocturna. De noche hay mujeres. Bien cierto es. Y de noche se conocen mujeres. Inevitable. Pero nunca me ha cuajado la cosa. Compréndanme, podría hacer el esfuerzo. Podría salir, podría salir mucho. Y beber. Y sentarme en una barra. Y pedir algo que fuese muy de hombre. Podría incluso tirarme del moco y decirles que soy escritor, y que tengo unos poemas, y que si quieren se los leo. O les escribo yo uno, qué cojones. Podría hacer todo eso y quizás no me fuese mal. Pero de verdad, compréndanme. Me da una pereza tremenda.
  3. Comenzar a escribir en las cafeterías. En las cafeterías por lo general hay gente. El truco está en la constancia. Si vas una vez no sacarás mucho en claro porque lo más probable es que nadie te tome en serio si pretendes entablar una conversación sobre azucarillos así de repente, pero la magia surge cuando te conviertes en ese chico atractivo, con cierto desaliño casual y meditado, que se sienta a escribir todos los días, a la misma hora, en el mismo sitio. Ahí empiezas a molar. Pide siempre lo mismo. Un día pide otra cosa. Descolócala. Ahí ya hay una conversación.

Desde luego el abanico de posibilidades se puede ampliar y yo tan solo he bosquejado unas pocas opciones posibles. Como todo en la vida, bien seas un guionista que escribe desde casa y tiene a bien levantarse a las 11:30 a.m., bien seas Warren Beatty entre 1960 y 1992, uno nunca puede planificar a quién va a conocer, ni el cuándo, ni el cómo.

Más allá del ingenio que pretendí hacer brotar, en las opciones que acabo de plantearos no hay grandes verdades. Quizás podríamos ampliar un punto. Explicar cómo alguien pretende ser la mar de salado escribiendo algo en internet, deseando que quizás otra persona lo lea y se interese. Puede que todo esto no sea más que una excusa. Que el medio sea el fin. Que yo pretenda conocer gente con esto. Gustar. Todo muy meta.

Sin embargo, no perdamos el hilo. Aquí vinimos a hablar de lo que reza el título. Porque ser guionista también puede facilitarnos una serie de herramientas que nos ayuden a encarrilar satisfactoriamente la primera base. Porque conocer a alguien, socializar, hacer amiguitos, no es más que el comienzo. Una vez que sabes dónde está la gente tienes que empezar a interesarle a esa gente. Si te gusta hablar de política entrarás en determinados círculos y llamarás a todo el mundo “compañero” (probablemente porque no conozcas su nombre), si a la chica le gusta Quique González te dejarás una barba horrible y te comprarás una guitarra con cuerdas de nailon. Buscarás agradar.

Pues bien, si eres guionista, si tus intereses pasan por que te gusten más esas series y películas que el resto de la gente piensa que a ellos les gustan más que a nadie (pero que no es así, porque a ti te gustan más), también tienes esperanza. Tú has pensado antes que ellos en la mejor frase para entrar en una conversación. Has pensado qué decir antes de un beso. Sabes que los clímax molan más si antes hubo un anticlímax. Pero también sabes que si solo hubo anticlímax estás ante una calientapollas. Has contado historias y te has inventado finales y sabes que lo peor que te pueden hacer ya se lo hizo Woody Allen a Mia Farrow.

Os voy a revelar mis secretos, mis cuatro estrategias de encandilamiento, el Olimpo de la conquista. Son fruto de ciertos encantos personales, de mi formación dándole a la tecla y de años de tenaz voracidad lectora. No lo desaprovechéis, en serio. Es “La semilla inmortal” del Amor.

  1. “Te quiero”. Es un salto al vacío. Un todo o nada. Hay que tener arrestos para emplearlo en el momento adecuado. Pensemos en Ted Mosby. Ted Mosby lo emplea mal, lo emplea tarde. Su “Te quiero” desencadena lo que no quiere desencadenar. Pero su metedura da pie a una bonita trama amorosa de primera temporada y nos dice un par de cosas sobre ese personaje: Es ridículamente estúpido y cree en el Amor. Que viene a ser lo mismo. El “Te quiero” adecuado debe romper de inicio y debe fundamentarse en un absurdo que es intrínseco a él. Esto es, “Te quiero” es lo primero que tienes que decirle. Ni “Hola, ¿estás sola?” ni “Tu cara me suena”. No. Dile “Te quiero”. Así, a la buena de Dios. No se verá agobiada porque no tendrá porqué. Serás un loco. Un loco encantador. Si la cosa va a más, reafírmate. Dile que aquella vez, la primera vez que la viste, la querías. Que no sabías porque, pero la querías. Y que no hay más. Ni hubo más. Ni nada. Pero tarda en volver a decírselo. Meses si eso.
  2. “Amar tirado en un sofá/viendo una película/comiendo helado”.  El truco está en saber proyectar el momento utópico, álgido, mágico, fantaestupendo, de cualquier relación de finales del s. XX, principios del s. XXI. Tú no quieres sexo. Bueno, sí que lo quieres, y ella tiene que saber que lo quieres. Tiene que saber que sexualmente eres competente, pero también tiene que saber que hay otro agujerito que llenar. Tú lo que quieres es cariño. No quieres amor, no todavía. No tienes que asustarla. No quieres una relación. Solo quieres ver una película, en un sofá. Y hacer palomitas. Y que haya una manta. Quieres recrear la perfección de la vida en pareja, construir la escena. Antes de irte le darás un beso. Y la llamarás, otro día, para preguntarle qué tal todo.
  3. “Me han hecho daño. Lloro”. Eres un tío sensible con las defensas bajas. Has amado. ¿Sabes ese cachorrito? Tú eres ese cachorrito. Recopila todas esas frases que nunca dirías y dilas. Como si nunca se hubiesen dicho antes. Es decoro poético. Ahora tú eres ese personaje desdichado, dechado del que tiene muchísimo amor que dar. Aquí tendréis que afilar vuestro talento en los diálogos, pero permitidme algunas perlas que, aderezadas con una mirada lacrimosa, causan un efecto devastador de lástima. Y la lástima puede ser una puerta abierta. Por ejemplo, soltad cosas como “Yo sólo quería hacerla la mujer más feliz del mundo” o “Nunca volveré a amar, ¿verdad?”. Justo después de ese “¿verdad?” mírala muy fuerte. Muy, muy fuerte. Quizás logres un beso. Genio.
  4. “Maldad y redención”. Es uno de mis favoritos. Es el conflicto Western. El conflicto Eastwood. Es William Munny. Eres malo y una mujer tiene que enderezarte. Domar al indomable. Consiste en ser un capullo con el arte suficiente para no serlo demasiado. Tienes que ser malo. Malo con ella. Malo contigo. Pero dejar una puertecita abierta a la esperanza, a la salvación. Que ella piense que tú piensas que no la necesitas pero que crea firmemente que estás equivocado. Ahora que no podemos cabalgar por el desierto ni sumarnos a una banda de forajidos, tenemos que adaptar el guión. Lo que podemos hacer es no devolverles las llamadas y salir de vez en cuando con ese colega soltero que un día probó los rohipnoles.

Espero que os hayan servido de ayuda esta ristra de consejos y consideraciones. La vida sería mucho más sencilla si las relaciones tuviesen tres actos y durasen noventa minutos.

 

3 comentarios to “Tácticas de ligoteo para guionistas (y otra gente con encanto)”

  1. rasflatari Says:

    Esta ristra de consejos y consideraciones me ha cambiado la vida. ¡Gracias Sr. Flojo! Tú sí que molas mazo.

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