Siestas tristes que no echabas de menos

Antes que ella hubo otras y pensó que después de ella habría más. Pero no quería recurrir a la lógica porque era tiempo de otras cosas. Se echó a dormir porque tenía frío. Y afuera la noche estaba agradable. Cuando despertó pensó en ella y recordó dónde había estado todo aquel tiempo. Lejos del agua y del sol, un chico perdido entre la hierba. Fue entonces cuando despertó de nuevo y supo donde estaba. Y que estaba triste.

Salir de la cama le recordaba a ella. Porque con ella había estado en esa cama. Meterse bajo la ducha le recordaba a ella, y el agua que corría entre sus piernas, y alguna lágrima. Y quiso volver a dormirse y no recordar nada. El chico tendría que levantarse cada día. Pensó en eso. Y en su ausencia. Volvió a la cama e hizo un arco con sus brazos, abrazando el vacío. Probó a respirar profundo y creyó tenerla cerca. Pero el agua estaba lejos. El sol estaba lejos. Y la hierba crecía en aquella cama.

Salió de la casa sin mirar la hora. Esquivar el tiempo sólo podría traer algo bueno. Pensó en comer y no tenía hambre. Luego pensó en ella y no quería hacerlo. Debajo de la casa del chico, a unas pocas calles, había un supermercado. El chico solía comprar allí con ella. Sabía que volver a la misma tienda solo alargaría los recuerdos. Entonces recordó aquel otro supermercado, y entró en el de siempre. Cogería la mitad de todo porque ella ya no estaba. Cocinaría la mitad de todo. Comería la mitad. Dormiría la mitad y viviría la mitad.

Una jovencita muy atractiva le miró al cruzar el pasillo de los congelados. El chico le habría devuelto la mirada, habría fantaseado con hacer el amor sobre unos palitos de merluza. Pero todo eso se había ido y sólo quedaba ella. Y el recuerdo del chico naufragó hasta la última vez que habían hecho el amor. Reflexionó sobre aquello. Nunca sabría cuando sería la última vez. No recordaba muy bien cómo había sido. Una especie de orgullo primario y estúpido le hizo desear tan sólo haber estado a la altura. Ignoró a la chica de los congelados. Incluso le deseó un constipado por recordarle aquello.

En la cola, la cajera miró al chico comprendiendo su tristeza. Probablemente fue una mirada sin más, pero para él en aquellos ojos había algo de comunión. De empatía. Pensó en llorar sobre ella, sobre la caja, sobre la barra de pan. Pensó en agradecerle su comprensión. Finalmente recogió el cambio. No quería los puntos para la vajilla.

Mientras se aproximaba al portal de casa sacó las llaves. Y deseó que ninguna encajase. Deseó quedarse fuera y no subir allí arriba nunca más. Pero tan sólo tuvo que girar la muñeca. Y todo había vuelto sin llegar a irse.

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