De tristeza, risas y erecciones

Necesitamos algo más que una imagen para ponernos tristes. Pensaba en eso mientras me tocaba viendo pornografía. Una fotografía picantona puede producir en mí una inesperada excitación, un chiste puede hacer que me ría. Internet está repleto de erotismo fugaz y videos de gatos. Pero la tristeza necesita de una trama. La risa puede ser aislada y comprimida en instantes delirantes, llámalos sketches, llámalos diálogos, llámalos videos caseros. Un desconocido puede hacerme reír en cinco segundos si no le importa correr desnudo, untado en mermelada y gritando “Soy un recién nacido”. Del mismo modo, una mujer -o un hombre que se esfuerce y que tenga los rasgos muy femeninos- también es capaz despertar en mí el calor de la carne con una mirada precisa y una sonrisa teledirigida. La risa y la erección requieren menor esfuerzo que la lágrima. O, mejor dicho, requieren de menos tiempo.

No hay videos que me hagan llorar en Youtube. Hay videos emotivos, sí, videos que despiertan en mí sentimientos de misericordia, de comprensión y de pena. Pero es algo alejado de la melancolía que emana de la tristeza, de la lágrima sincera que se escapa. De la auténtica empatía. El telediario está repleto de muertes, de historias obscenamente tristes que no te atrapan. Se nos escapa la trama. Para enmudecer necesito de algo que trascienda los cinco minutos de un sketch, que vaya más allá de la estructura felación-misionero-perrito-inyourface.

Las nuevas ventanas de distribución, los ritmos acelerados, fraccionados, de consumo que tenemos los espectadores de este nuevo milenio, parecen no compaginar bien con el fuego lento del drama. Siempre se dijo que lo más difícil era hacer reír, conseguir tocar esos mecanismos mágicos que activan la risa. Rápido, insospechado. La mujer desnuda que transporta a la eyaculación es algo burdo, el niño abandonado que busca a su madre por todo el mundo, fácil y simple. Sin embargo, en la actualidad, la incapacidad de permanecer frente a la pantalla, de inmiscuirnos en una trama cuyos tiempos indagan, precisamente, en esa empatía, parece haberse postulado como el mayor rescoldo en la búsqueda de sensaciones a través de la imagen, de la historia. Por eso mismo, hacer reír sigue siendo complicado pero parece que encaja más, en su forma, con lo que el público exige hoy en día.

Necesitamos algo más que una imagen para ponernos tristes. Para que ese sentimiento nos invada y lo ocupe todo. Como ese momento álgido en la risa, como la intimidad del consumo pornográfico. La lágrima no lo tiene tan fácil y necesita de una historia, de un tejido lo suficientemente largo como para envolverlo todo, para no dejarnos ver más allá. Necesitamos la oscuridad de una sala, una única ventana de luz, sin distracciones. Necesitamos regalarle nuestro tiempo al drama, una vez más, sin escatimar. La razón de esto es muy sencilla: No podemos llorar en diez minutos. No podemos aislarnos y darle al botón de la tristeza. El drama no entiende de inmediatez, no entiende de fracciones ni de cápsulas. Vivimos en un tiempo trepidante, de risas y de sexo. Un tiempo demasiado rápido como para que habite en él la tristeza.

Qué risa, María Luisa

Una respuesta to “De tristeza, risas y erecciones”

  1. arriazalvaro Says:

    Y así, a lo tonto, en una entrada de un blog que tirita en el umbral de la indecencia y se alimenta de cada hilo de pensamiento que en él var vertiendo, acabas de plasmar con humor y elegancia una realidad profunda y compleja, muy difícil de aprehender.

    Un placer leerte, mon ami. Y no sólo porque acabe con una sonrisa después de terminar cada post ^^

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