Inquisiciones gilipollas (y esperanzadoras)

El otro día mi desesperación me llevó hasta un despacho en el que me pusieron delante de un triste cuestionario. Uno de los espacios a rellenar me pedía que me definiese con dos características, con los dos aspectos que mejor me reflejasen. Antes de nada pensé en si el sujeto que había diseñado semejante herramienta de recursos humanos se habría visto a si mismo como alguien capaz o como un pobre incrédulo que no concibe la mentira en el mundo. Si el que le había dado forma a aquella manifestación de la hipocresía y la falsedad humana era consciente, o no, del propio juego que allí establecía.

No podía tomarme en serio aquella cosa. Hasta la parte en la que pedían mis datos personales fue todo bien. Como quien se saca la tarjeta de socio de la Fnac. El problema vino con aquel ejercicio del autoengaño en el que me obligaban a ponerme una etiquetita. Y ellos no querían la verdad. Y yo no quería la verdad. La verdad no vende ni consigue trabajos. Porque hay que tenerlos muy gordos para definirte como alguien “sincero” justo después de haberles dicho que eres “dinámico” o “responsable”. Aún más cuando lo que realmente encuentras reseñable en ti, así sin matarte a darle al verbo, es que eres “caucásico” y, quizás, algo “hedonista”.

Mi mejor respuesta, si consideramos por mejor la más próxima a la verdad y no la más conveniente, hubiese sido algo así como “Persona a la que le dan asquito este tipo de inquisiciones gilipollas”. Pero tragas, pensando que, al otro lado, un interrogatorio tan simplón e imbécil no puede venir de alguien que considere que “Ganar dinero y seguir teniendo vida social” sea una de las mejores respuestas posibles a “¿Cuales son sus objetivos en este trabajo?”.

Personalmente, yo nunca contrataría a alguien que se definiese como “eficiente” (eso ya te lo diré yo, majo) y que me diga que quiere trabajar en mi empresa para “hacerla crecer en el mercado”. Sospecharía de alguien que me escribiese eso. La empresa no es suya. A mí no me conoce. No comprendo que clase de filantropía es esa cuando yo soy el que vive holgado en su chiringo, el cabrón que encima paga poco, y él quien busca trabajo.

Sin embargo, y probablemente debido al apego y a la fe que conservo en nuestra especie, sigo sin tragarme esta dinámica absurda que pretende hacernos creer a nosotros, futuros vasallos del directivo capitalista, que los tejidos empresariales de nuestra sociedad, que la selección de obreras para la colonia, corre a cargo de unos zánganos que viven ajenos a todo. Y es que, a fin de cuentas, al otro lado está un ser humano, alguien a quien quiero confiarle, precisamente por esta condición suya que acabo de citar, cierta humanidad. Cierta perspectiva del mundo. De nuestras necesidades, apetencias y miserias. Vamos, que me gustaría creer que revisando la pila de cuestionarios no hay un empalagoso relamido que se traga esa mierda vacía (esa carcasa de mierda) que todos nos inventamos.

Dije que quizás aquí residía la trampa porque tengo la esperanzadora teoría de que de estos cuestionarios salga la nueva élite política de este país. De que exista un generoso y casi divino plan maestro, que todo esto esté orquestado y responda a un propósito que se nos escapa. De que estemos ante una criba, ante preguntas trampa donde realmente, aunque no lo sepamos, se esté premiando la honestidad y el sentido común. De que, si te dejas de chorradas, de echarte flores y de adornar lo humano, pases de comercial de puerta caliente a Ministro de Defensa.

¿Muy satisfecho?, MENTIRA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: