Acostumbrándome

Me acerqué a ella que, anciana y cansada, descansaba sobre la cama. Y lo hice consciente de que, cuando te enfrentas a la vejez, la mayoría de las preguntas que formulas suenan vacías, innecesarias. Nada se presenta lo suficientemente grave como para poder desbancar, en intensidad e incertidumbre, a ese misterio de la muerte al que pronto se enfrentará el interlocutor que tienes delante.

Por eso, mientras intentaba acomodarme sin molestar en uno de los extremos, la pregunta de cortesía, casi absurda por su superficialidad, casi insultante por lo obvio de su respuesta, brotó en mí con la forma de un grito que intenta penetrar en la sordera. Yo, allí sentado, le solté a aquella anciana a la que tanto quería, a aquella que, postrada, tan sólo podía recordar y consumirse, si se aburría.

– ¿Te aburres? -le pregunté-

Y ella tardó en contestarme. En parte porque oía mal, como si las cosas le tardasen en llegar, en parte porque, quizás, ella también era consciente del absurdo de aquella pregunta y, en vez de increparme, el amor que sentía por mí, hacía que la disfrutase, que saborease la ingenua tontería que yo le formulaba. Y tras su sonrisa me lo dijo.

– Mucho. Imagínate, no conozco a nadie.

Supuse que la niebla de los años tenía la culpa de aquella respuesta, que era fruto de una inevitable demencia senil, que era fruto de sus casi cien años. Había noches en las que gritaba el nombre de sus padres, mañanas en las que se veía rodeada de niños a los que reprochaba sus correrías. La contestación, por tanto, no era tan extraña pese a que, como después le corregí, ella conocía a todos en aquella casa. A todos los que velábamos por ella, a todos los que la queríamos.

– Me conoces a mí, y a mi madre, y a Marisa.

Ella se rió, como si mi réplica aún fuese más obvia que su anterior respuesta. Como si el reflejo de un cristal me distrajese tanto como parar no permitirme ver a través de él. Me contestó sin acritud, tranquila, perdonándome el despiste.

– Ya. Pero salgo a la calle y no conozco a nadie.

Por supuesto, ella nunca salía a la calle. Llevaba muchos años sin hacerlo. Sin embargo no quise contradecirla porque había algo cierto en todo aquello. Si ella saliese a la calle, efectivamente, no conocería a nadie. La gran mayoría de sus amigos, de su familia, estaban muertos o en su misma situación. De todos modos, le dije que no se preocupara, que era normal, que yo también salía a la calle y no conocía a nadie, y ella, como sabiendo algo que a mí se me escapaba, me contestó:

– Pero tú estás acostumbrado.

Y ahí tampoco mentía.

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