Mi historia (con Michael Jackson)

Nos había dicho que era marinero, que viajaba en un navío británico que había arribado en Coruña años atrás. El barco zarpó y Michael se quedó en tierra. Yo era muy pequeño cuando conocí a Michael Jackson. Era un mendigo que pedía en uno de los portales de la Calle Real, cuando en la Calle Real todavía había mendigos. Mis padrinos y yo parábamos siempre a hablar con él. Recuerdo su aspecto. Siempre aseado, pálido, con unos profundos ojos azules. Tenía cara de buena persona, y poco más se puede decir sobre eso. También recuerdo su fuerte acento, el dinero que me daba mi padrino para que me acercara a él, a charlar, a practicar un poco el idioma del imperio. Recuerdo su sonrisa.

En el fondo siempre supe que la historia de Michael era mentira, que, pese a lo romántico y fatal de su destino, era impensable que un hombre se hubiese quedado anclado en puerto extranjero, sin posibilidad de vuelta, condenado a errar como un pobre vagabundo. Sin embargo, viéndolo allí sentado, como quien espera plácidamente a que se haga de noche, no me era difícil abrazar esa mascarada que probablemente escondía, o al menos maquillaba, alguna triste verdad.

Un día me llamó cuando pasaba a su lado y me enseñó unas monedas. Eran unas libras conmemorativas de algún mundial, con las imágenes de unos futbolistas ingleses grabadas. Me las mostraba orgulloso. El mendigo le tendía al chico bien un puñado de monedas. Fue una de las últimas veces que hablé con él.

Se había herido o fracturado una pierna, cada vez su presencia en la Calle Real se dilataba más. Pasaron temporadas y no nos lo cruzamos. Mis paseos de la mano de mis padrinos dieron paso a escapadas adolescentes con mis amistades. Un día Michael volvía a sentarse en uno de aquellos portales en el que nos habíamos encontrado tantas veces. No me reconoció. Se le veía viejo, hundido en la acera. De aquellos días ya no recuerdo su sonrisa.

Una tarde ya no estaba allí. Y hace años que no le veo. No sé qué habrá sido de él. Me entristece pensar que, al final, su cabeza hundida, su aspecto, era el de un indigente. Que Michael estaba lejos de aquel elegante marino inglés que yo había conocido. Estaba lejos del mismo modo que lo estaba yo, de pie en la calle, mirándolo, recordando aquella historia del barco que había levado anclas olvidándose de él. Aquel barco que parecía zarpar de nuevo, esta vez llevando también consigo mucho de aquel niño que yo fui. Dejándome atrás. En puerto desconocido.

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2 comentarios to “Mi historia (con Michael Jackson)”

  1. Ernesto Says:

    Preciosa historia…

  2. Michael_Fan Says:

    Conmovedor.

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