Capítulo II

Me desperté un lunes y, nada más abrir los ojos e incorporarme, comprendí que no tenía la menor intención de ir a trabajar. Que había llegado el momento de abandonar aquel instituto, de pedir una excedencia, de tomarme mi tiempo. Porqué me encontré pues, dos horas y media después de lo que creí una firme resolución, dando clase a esos mismos protoseres insolentes a los que tantas veces había imaginado sufriendo vejaciones y sodomías propias de una película de John Boorman , es una cuestión que intentaré esclarecer aquí.

Para empezar, no me quedaba café en casa. Os aseguro que en un primer momento ni siquiera me planteé pasar a despedirme, decirles que me quedaría unos días mientras buscaban a alguien, sonreír y esas cosas. Realmente me iba a largar sin más, o me iba a quedar en casa con la línea cortada y un papelito pegado a la mirilla de la puerta. Pero abro la alacena y nada. Que no hay. Se me pasa por la cabeza Juan Luis Guerra, y luego vuelvo a una cruda realidad sin café. Y caigo en la cuenta. En el instituto teníamos una cafetera para los profesores. Un montón de café. Y bastante rico, de este que viene en capsulitas, que te sientes un poco astronauta cuando lo bebes.

Algunos pensarán que esto es una disculpa burda y ridícula, que me estaba convenciendo a mí mismo y que, realmente, soy tan cobarde y fanfarrón que sería capaz de excusarme en el expresso para ir todos los días a trabajar mientras pido piedad para mi persona por tener que soportar las risas de unos imbéciles cada vez que leemos en clase un poema de Zorrilla. Pero no. Os juro que ese café era tan delicioso que mi plan maestro consistía en robarlo, en llevarme la maldita cafetera a casa y no echar, así sí que sí, absolutamente nada de menos de aquel que fue mi lugar de trabajo durante los últimos siete años. Y que le diesen por el culo a toda esa panda de descafeinados. Como en Deliverance.

Cuando entré, en la sala de los profesores tan sólo estaba Marisa. Marisa era profesora de Química. Y aún no tengo muy claro si lo que nunca llegó a perdonarme fue que me acostara con ella o, acaso, que sólo lo hiciera una vez. Salir con el chiste recurrente de que no había demasiada “química” entre nosotros sería demasiado fácil. Al menos a Marisa, cuando se lo dije, le pareció demasiado fácil. Y desde aquella que la cosa está un poco tirante.

– Hola gilipollas -me dijo cariñosa-

Y yo asentí, acostumbrado como estaba, mientras iba a la cafetera y me ponía una de esas tacitas. Un silbido profundo y la burbujeante espuma, la antesala de un expresso delicioso. Mientras lo saboreaba y pensaba porqué nunca había viajado a Colombia, la mirada de Marisa se cosificaba en un garrote vil que me taladraba la nuca. Juro que noté un pinchazo que me hizo girar, encontrándome de pleno con aquellos ojos de despechada.

– ¿No tienes clase? -me preguntó-

Pensé en hacerme el gracioso y contestarle que “No en propiedad”, pero recapacité, consciente de que mi plan requería ser sutil, silencioso, sibilino. A mis alumnos se lo ejemplificaría diciéndoles que en ese momento necesitaba ser Rondador Nocturno antes que Coloso. Y no creo que ni con esas se enterasen. La juventud ya no se excita con Jean Grey.

– No. No hasta dentro de un rato, vamos.

Sencillo, efectivo. Sin réplica inmediata. La cosa estaba hecha. Esperar unos minutos, que Marisa se fuese a formular hidróxidos con sus alumnos. Y la cafetera a la saca. Sonreí a Marisa, no sé muy bien porqué. Una sonrisa amable, cortés. Para caerle en gracia, quizás con la paranoica sensación de que en su pequeña y maquiavélica cabecita mi plan de fuga, mi rapto al expresso, se comenzaba a dibujar. No lo sé. Es una mujer, es profesora de Química y ya os puse al tanto acerca de su mirada garrote vil. No me extrañaría que fuese capaz de leer mentes. Aunque, desde luego, Marisa no sea Jean Grey.

– ¿Te apetece follar esta noche? -me espetó Marisa-

Vaya, Marisa. No me esperaba yo eso. Miré mi taza de café expresso y luego a Marisa. Realmente el café que tenía entre las manos era más satisfactorio que el sexo con aquella profesora de Química. Ella no se ruborizaba. Tan sólo me mantenía la mirada, esperando una contestación. Como quien pregunta la hora.

– ¿Contigo? -le respondí-

Marisa no contestó. Se limitó a agujerearme los ojos con una fina línea invisible, un hilo tenso y puntiagudo que salía de alguna parte de sus pupilas. Negaba con la cabeza, logrando que finalmente me pusiese incómodo. Jodiéndome el café.

Se levantó y se fue de la sala de profesores. Quizás no le gustó la rotundidad de mi respuesta, la falta de tacto. Una soberana estupidez si tenemos en cuenta que la pregunta que me fue formulada tampoco resultaba un hallazgo de la sutileza. Además, dejaba en el aire una variable fundamental en lo referente al sexo: el partener. Los hombres siempre presumiremos de querer tener sexo, a todas horas. La respuesta a “¿Te apetece follar esta noche?” será siempre, irremediablemente, sí. La cuestión que me arrojó Marisa era, sin pretenderlo, pura retórica. Mi respuesta trataba por tanto de dilucidar ese aspecto en el que radica el verdadero interés del hombre y que nada a contracorriente de dichos populares como “ninguna mujer es fea por donde mea”.

Volví a lo único interesante de aquella habitación, mi café expresso, mientras pensaba la manera de cargar con una factoria del placer tan incómoda de llevar como aquella. La tanteé un poco. Me incliné y probé a abrazarla, levantándome poco a poco, cargando el peso sobre mis rodillas flexionadas. La puerta se abrió.

Entró Claudio, al que yo llamaba Jeremías, porque sin duda tenía cara de Jeremías, y que se encargaba de la secretaría del instituto. Disimulé como pude, aunque no le pareció extraño verme aferrado, con cara de esfuerzo y constricción, a la máquina. Eso me llevó a pensar en la  vida sexual tan triste que debía de tener aquel hombre, un pobre hombre que nunca consideré que fuese a condicionarme en lo más mínimo y que, sin embargo, portaba la nueva que me iba a anclar un poquito más en aquel detestable puesto de trabajo, desbaratando de paso, mi idilio privado con la cafetera. .

Me dijo Claudio, al que a partir de ahora llamaremos Jeremías, que sentía comunicarme tan tarde la incorporación de una nueva alumna. Al parecer sus padres se acababan de mudar inesperadamente desde Barcelona, y la chica tenía que matricularse sí o sí. Me acercó su ficha. Odio las fichas con foto. Si se hubiese limitado a un nombre, mi cabeza no hubiese indagado más, no hubiese empezado la tremenda labor de sinapsis que me llevó a concluir lo que realmente ya supe nada más verle la cara, en aquella macilenta y raída fotografía.

Aquella era la hija de Inés. Inés era su madre. Tenía que serlo. La hija de Inés, probablemente con aquel cretino. De eso me sonaba el apellido. Le eché una última ojeada a la cafetera, como quien mira a la mujer desnuda que dejas en cama pero con la que no puedes tener nada, básicamente, porque es tu cuñada. La miré y luego clavé los ojos en la imagen de aquella chica. Rosa, se llamaba. Rosa. Como el color y la flor y esas postales que huelen. Me pudo la curiosidad, me pudo más que la espuma del expresso.

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