Hola, estoy soltero (quiéreme) – Capítulo I

Y el séptimo día descansó. Se levantó tarde. No salió de casa. Dios sabe mejor que nadie que es fácil caer en el círculo de la holgazanería dominguera. Él podía. Se pasaba todos los domingos en cama. Como debe ser. Adán y Eva hacían otro tanto. A donde fueres haz lo que vieres, y se tocaban bien los huevos. Pero entonces no estuvieron muy finos con el tema del pecado original y la cosa se complicó con aquella máxima de “tendrás que ganarte el pan con el sudor de tu frente”. Por esa misma razón, y a modo de herencia, mis domingos, pese a ser jornadas más contemplativas y lúdicas que otra cosa, tienen que interrumpir su categoría ociosa para, a mediodía, sacarme de mi agujero en forma de cama y lanzarme a la calle. A comprar el pan. Con el sudor de mi frente.

Si hablamos de pan, en lo que a mí respecta, el factor dominante es la proximidad. No entro en consideraciones de otro tipo. Para mí, quien lo hace, está en la misma categoría de esnobismo que aquellos que van por la vida catando aguas. Unos aburridos. Por eso, cada domingo, me dejo caer por la panadería que tengo más cerca de casa, a escasos tres minutos. No me preguntéis como se llama. Ya os dije que yo no soy de esos que van por ahí catando aguas.

Pero he de admitir que, aquel domingo estival, la cosa mejoró sustancialmente cuando, al cruzar el umbral de la panadería, la vi a ella. A la nueva. Con su mandil de estreno, con su harina. Con su baguette entre las manos. Y mientras no le quitaba ojo pensé que estaría bien que en las panaderías vendieran más cosas, para poder alargar así un poco mi estancia y seguir lanzando lo que yo entendía como miradas furtivas. Luego me dí cuenta de que ya existían los supermercados. Lo que me llevó a pensar en porqué seguían existiendo las panaderías. Deseé por un instante la extinción de los pequeños comercios. Los apreté todos en una gran superficie donde el juego de miradas que yo mantenía con ella, la dependienta de aquella tahona, se podría prolongar por la sección de congelados, por la frutería, por la cola de la caja. Luego, la terrible imagen de un lugar donde los libros comparten techo con los embutidos, me hizo salir de mi ensoñación y pedirle a la nueva, clavándole bien mis ojillos azules, la barra de pan que había ido a comprar.

Cuando me devolvió el cambio me gustó su “gracias”. Supongo que no todo el mundo es capaz de percibir (ya no digo admirar) la infinidad de matices que se pueden desprender de una simple cortesía, pero yo, rodeado de niñatos insolentes, no dejo de sentir algo cercano al placer más físico cuando alguien me interpele a través de alguna fórmula cortés, de algún gesto amable. La negación a la educación a la que me veo sometido, pese a, paradójicamente, trabajar en un instituto, ha logrado despertar en mí una fascinación absoluta hacia esas rara avis que todavía mantienen ciertas normas de decoro. El otro día, en un restaurante, una jovencita de una mesa contigua se excusó ante sus padres por tener que levantarse e ir al aseo. Admito que me sentí excitado. Incluso fantaseé con seguirla. Luego me di cuenta de que hacerlo no sería de buena educación.

De vuelta a casa iba yo pensando en esta y otras cosas. Pensaba también en Inés. Quizás porque, inconscientemente, había ido dando un rodeo, alargando los escasos tres minutos que distaban de mi casa, desviándome, obligándome a pasar por la Plaza de la Leña. Aquella plaza por la que solíamos dejarnos caer cuando empezamos a salir. Me senté en uno de sus bancos a comer el churrusco de la barra de pan (en casa no había nadie que se fuese a quejar por ello) mientras recordaba como, entrelazados en aquel mismo lugar, Inés y yo nos dimos nuestros primeros besos. Me afanaba yo en recordar a qué sabían, mordisqueando la corteza. Es complicado recordar unos besos porque la visión y el olfato apenas juegan un papel importante. El sabor y el tacto son la clave. Si la boca de cada uno supiese a algo, a algo de verdad, sería mucho más fácil. “Recuerdo mi primer beso, sabía a pollo al chilindrón”. Nunca te olvidarías y, si fueses un poco cocinitas, hasta podrías rememorarlo de vez en cuando.

Pero los besos de Inés no me habían sabido a nada. Aunque, según me concentraba, sentado en aquel banco de la Plaza de la Leña, mis papilas notaban algo. Un sabor que se me venía encima. Unas madres con sus hijos en los columpios de enfrente, y yo intentando recordar aquellos labios de Inés. No era pollo al chilindrón pero en mi boca afloraba algo. Por un instante Inés desapareció de mi mente, dejando paso a aquella chica, la dependienta de la tahona, con su mandil y su baguette en la mano. Pensé en hablar con ella la próxima vez mientras el sabor de los juegos de Inés, o quizás de aquellos juegos que estaban por venir, parecía definirse en mi cabeza. Y las madres que no me quitaban ojo. Una de ellas me resultaba atractiva. Quizás era por cómo le mondaba a su hijo el plátano del almuerzo. Con un cariño inusitado que me enterneció. Ella me miraba y yo hice lo propio. Con el pensamiento en ella, en su plátano, en besos pasados en aquellos bancos, y en otro sitio. Probablemente fue el inmediato gesto de rechazo que percibí en su rostro el que me hizo reaccionar. Y juro que no me enorgullece admitir que tardé en darme cuenta de lo que mi lengua le estaba haciendo al churrusco de pan. El sabor de los labios de Inés. Una nueva parafilia con la harina. Como si me lo montase con el cartero que llama dos veces, el de la versión del 81. Me saqué el churrusco mojado de la boca y se lo di de comer a las palomas.

Una respuesta to “Hola, estoy soltero (quiéreme) – Capítulo I”

  1. rasflatari Says:

    Va en un In crescendo que me ha hecho pasar del “¡mierda va!” al “coño, el tarado este es bueno”. Un abrazo, maldito chiflado.

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