Y aún no acabas de nacer…

Esa mañana me hice mayor. Y a partir de aquel instante, de aquel reflejo que me mostraba el espacio ocupado, invadido, por el primer indicio de la corrupción de mi carne, mis temores caminaron de la mano de una realidad a la que me enfrentaba cada día. A partir de aquella mañana frente al espejo, hasta el buenos días que me devolví hoy, el reloj de lo bello se ha parado. Supe en aquel momento que tan sólo me quedaba la muerte. A muchos hombres les ha sobrevenido esta sensación. Momentos de lucidez, de clarividencia. Hay santos beatificados por menos que aquello a lo que yo me enfrenté. Quizás algunos, tiempo atrás, lo vivieron en tiempos de guerra. Puede que el hambre, la soledad al soportar el peso de un hijo muerto sobre los brazos, la pérdida consciente de unos recuerdos que antes fueron todo, haya llevado a muchos a donde yo me acerqué aquella mañana en la que me hice mayor. La consciencia del tiempo, la erosión de los cuerpos.

No me creo tan descreído, tan frío e insensato, como para equiparar, e incluso situar en un estrato de relevancia aún mayor, la muerte de un hijo a un hecho tan vano como el que a mí me acontenció aquella mañana en la que me hice viejo. Ya dije antes que a muchos hombres les habrá invadido el mismo reflejo de cordura que me vino a mí (con todos los miedos que ello despertó) y que las circunstancias de su llegada habrán sido de todo tipo. Si bien, lo que yo vi en aquel cuarto de baño aquella mañana de no hace tanto tiempo resulta, precisamente por su bajeza, un acontecimiento asombroso.

Su simple mención, incluso una descripción detallada de él, no proyectaría nada especial en nuestras mentes. No nos vendrían imágenes de intensidad, de pulsiones humanas y de miedos, como aquellas que se desprenden de muertes, besos y adioses. Sin embargo, ser capaz de equipararse, e incluso superar (ahora sí), a otros que, aún siendo mucho más penosos, honorables e imborrables en tiempo y espacio no logran despertar la consciencia de uno mismo como máquina imperfecta en constante degradación, convierte a ese reflejo, a ese mi momento, en una prueba irrefutable de que las más complejas sensaciones, aquellas que no se pueden explicar mediante palabras, pueden habitar y desprenderse de los más nimios, insignificantes y vulgares momentos. Que la grandeza lo habita todo y se puede dejar ver en todo.

Ahí estaba el ejemplo de aquella mañana en la que, tras levantarme, me miré en el espejo. El reflejo que éste me devolvió era mi rostro. Con el que me había criado. Al que veía todos los días. En un mundo con espejos uno no se siente viejo. Tan solo ocurre esto en un mundo con fotografías, donde habite el recuerdo. Sin embargo, en mi mundo de espejos, aquella mañana había algo nuevo. Algo que me gritó una realidad a la cara.

Esa fue la mañana en la que me sentí viejo, en la que dejé de crecer para menguar. Esa fue la mañana en la que me miré en el espejo. Y ahí estaban. De un día para otro. La mañana en la que me habían crecido pelos en la nariz.

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