Food Boy, Cronenberg, Jesucristo y la metamorfosis del héroe

Hace un ratico, mientras dispensábamos los alimentos, mi buena amiga Noa me habló de Las aventuras de Food Boy, una peliculita de la factoría de Disney Channel que narra las peripecias de un gilí de instituto que descubre un buen día que tiene el acojonante poder de acabar con el hambre en el mundo al ser quien de crear comida como quien se suena los mocos. Sí. De soltarse la melena y empezar a sacar manzanas de la nada.

La peli no la ví, ni tengo el más mínimo interés, que aquí lo que me atrae es la idea (y para eso ya está el trailer), su asombroso potencial, los giros que nos permitiría el abordarla desde otra óptica y, sobre todo, el carácter mesiánico que se desprende de nuestro héroe.

Food Boy es Jesucristo. Eso está claro. Sólo que encima, Food Boy no tiene porque someternos únicamente a una dieta de pan y pescado, ya que él crea todo tipo de alimentos y no solo crea en Dios padre todo poderoso. Lo cual está muy bien. El problema que veo es cómo los genera. De un modo muy limpio. Muy blanco. Muy de chistera.

Aquí es donde entra mi propuesta de película. Una idea que suelto al vacío y que, si el mundo hiciera justicia, recogería el Cronenberg de los 80′ o 90′ para marcarse una película “deliciosa” cual souffle suministrado por el bueno de Food Boy.

No me digáis que Food Boy no ganaría muchos enteros si, en vez de salir la comida de un lugar incierto próximo a la nada (ni un mísero vórtice mágico vemos en el trailer), Food Boy tuviese que sacar la comida de su propio interior. Expulsarla.

Estuve dándole vueltas (en la comida, y eso) y primero barajé la idea de vomitar, defecar o soltar por orificios varios, una comida en perfecto estado. El problema de esto es que quizás haya quien piense que Food Boy es un hombre normal, que come cosas pero que luego, debido a trastornos alimenticios, problemas de digestión o conexiones extrañas que relacionan sus conductos auditivos con el aparato gástrico, eso que come acabe apareciendo, intacto, por donde no debe.

Por eso deseché esta idea, creyendo que habría que darle más heroísmo a nuestro Food Boy, recalcando el carácter orgánico de su producción de alimentos. De ese modo, la comida tendría que salir de su interior. No sé si se le formarían unos bubones que luego diesen paso a manzanas que, rompiendo su dermis, saliesen a la luz o, directamente, mediante franjas de piel y músculo desgarrado que nos dejasen ver los espárragos que crecen junto al hueso de su pierna. Se me viene a la cabeza la vajina para VHS de James Woods en Videodrome. Las dos ideas me gustan.

Que los alimentos broten de él, creciendo en su interior y abriéndose paso hasta la superficie es una idea que me agrada y que me lleva directamente a una imagen mucho más atractiva que la de ese Food Boy rubito y sosainas. Un superhéroe sacado de un cuadro de Arcimboldo.


Sin duda este debería ser el aspecto que Food Boy tendría cuando asumiese por completo lo que es y la transformación diese paso a la metamorfosis, al cambio de forma. Ese sacrificio de la carne (otro vínculo mesiánico entre Jesús y Food Boy), el último paso en la forja del héroe, que tan bien refleja Mike Mignola en su acercamiento a Batman a través de The Doom that came to Gotham y que ya pudimos vislumbrar antes (sin quizás la conciencia de la metamorfosis como la entraga absoluta y desinteresada del héroe y sí más como una maldición) en Morbius, aquel vampiro villano de Spiderman que también lograba que el hombre araña mutase en un insecto humanoide (esto de nuevo nos lleva a La Mosca de Cronenberg. Hoy tengo el día).

Por eso, tan sólo espero que alguien vea el drama que existe en este supermercado ambulante. En alguien a quien, quizás, le duela que le quiten una comida que brota de él y con la que puede compartir, esto es un ejemplo, terminaciones nerviosas (estaríamos cayendo aquí en una nueva forma de canibalismo vegetariano que me motiva mucho).

Habréis comprobado el acojonante potencial de la figura de Food Boy y lo poco explotada que está. Seguiré dándole vueltas. Uniros a mi causa. Y buen provecho.

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