Apocalipsis en Times New Roman

Una mañana de domingo desaparecieron los periódicos. Esos periódicos que aparecen cargados. Como si tuvieran más que contarnos. Es lógico que todo esto sucediese un domingo. Yo no confío en los domingos, creo que son días que reciben un trato especial, con favoritismos. Con su propia ropa, con su comida de las tres y media. Días aburguesados si quieres.

No me gustan los domingos pero me gustan sus periódicos, y como huelen. Y me gusta bajar a comprarlos. Todos los domingos bajaba a comprar el periódico, y el pan, y a pasear al perro. No tengo perro, ya lo sé. Pero pasear un perro no es más que una cuestión de actitud.

Esa mañana de domingo me desperté. Bajé yo al quiosco, a la tienda de Julián, y le pedí lo habitual. Un periódico, sin el DVD, pero con los suplementos. El de salmón también, aunque no lo lea. Y Julián me dice que no. Que ya no hay periódicos. Que ya no. Que no tendré nada con lo que acompañar la barra de pan bajo el brazo. Ni el ruido de las hojas al abrirse. Ni el sabor a imprenta ni los dedos manchados de tinta. Ni la sensación rasposa de un papel seco entre mis manos. No hay periódicos, mucho menos suplementos. Tampoco columnas con pequeñas fotos de gente que sonríe aunque te cuente cosas horribles. Ni fotografías puntillistas, ni bordes dentados en las páginas. Que no.

Me dice Julián que las esquelas se publican ahora en los folletos publicitarios. Que los de Media Markt te dejan un sitio. Entre los televisores y los equipos de música. Ahí. Confortado con los santos sacramentos. Y al lado un “Yo no soy tonto”. Como si el muerto fuese gilipollas, como echándole en cara el haberla palmado.

Salgo a la calle y las prostitutas se me tiran encima. Necesitan publicitarse y no encuentran manera. Les recomiendo que lo hagan a través de internet. Una asiente y se va. Otra me dice que no sabría cómo. Yo le digo que tampoco sé. Que nunca fuí puta, o que si lo fui de eso ya hace, y no controlo mucho del asunto. Otra reparte flyers. Algo más elegante. Hasta le cojo uno.

Vuelvo a casa y de camino me encuentro con un señor. Sentado en una terraza. Leyendo un periódico. Me acerco porque quizás Julián mentía y los periódicos siguen entre nosotros. El señor me saluda y le pregunto por lo que lee entre las manos. Y ahí sonríe y me enseña la portada, señalando hacia la fecha. Que es un periódico viejo me dice. Pero que lo lee igual. Al parecer no lo sabíamos pero la satisfacción de su lectura, una mañana de domingo sentado en una terraza, con una café que llevarse a la boca, no reside en las noticias que nos acerca, sino en el periódico en si.

El señor se explica. Me dice que es una pena lo de los periódicos pero que, en el fondo, es algo que tan solo afecta a los muertos y a las putas. Él puede seguir saliendo los domingos y, con algunos de sus viejos periódicos, sentarse en una de las terrazas de la ciudad. No le importa leer lo mismo una y otra vez. Al parecer pasa las hojas sin más, mueve los ojos por encima de las líneas. Se evade. Pero siente el papel. Siente su peso ligeramente doblado sobre sus rodillas. Sus manos. Su pulgares acariciando las esquinas que separa. Me dice que su café sabe distinto sin el olor de un periódico. Que corra a casa y me asegure de que me queda alguno. Que lo cuide. Lo mantenga limpio para que conserve su olor. Que no deje que se arrugue.

Eso hago. En casa hay un periódico de hace dos días. Lo tomo. Es mi periódico. El último. Me lo aprendo. Cada foto. Cada línea. Memorizo cada mañana de domingo ese mismo periódico. El periódico de un viernes que se pasea un domingo. Con sus clasificados, la misma crítica, la idéntica cartelera. El resto de la semana conocemos cómo va funcionando el mundo, cómo se despierta. Las noticias que nos llegan. Pero hay otros como yo que los domingos vivimos en un tiempo cero, en suspensión. Un tiempo que se corresponde con aquella realidad pasada e impresa que tan solo llega a nosotros a través de nuestro periódico. El mismo día cada domingo. Pero distinto. Bajo el sol o sobre los charcos de lluvia.

Una mañana de domingo desaparecieron los periódicos. Y yo me dí cuenta de que no los echaba de menos a ellos, ni a ti, sino, quizás, a todo lo que dejaba atrás, entre las hojas. A todos esos momentos que ahora releía. Siempre los mismos. Desintegrándose. Perdiendo su olor. Haciendo que el café de los domingos me supiera peor.

De esto que se para y ya. Nunca más.

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4 comentarios to “Apocalipsis en Times New Roman”

  1. Daninho Says:

    Que nunca chegue o día no que deixen de publicarse xornais impresos

  2. Ernesto Says:

    Me gusta, si señor… Lo hablaremos en el Potemkin

  3. Ernesto Says:

    Me ha costado, pero me ha venido a la memoria un relato corto: “cuando los balones se volvieron invisibles” de Fulgencio Argüelles. Si lo has leído, tu relato es un fraude. Si no, eres un talento…¡Tú dirás!

    • lojoquetecojo Says:

      Pues está mal que lo diga yo, pero no, no lo leí. La refererencia más cercana que se me ocurría es un clásico, Fahrenheit 451, pero tan solo en lo referente a memorizar textos (noticias en este caso, que no novelas). Ya lo hablaremos con calma!

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