Cuento de Navidad (rollito Paul Auster)

Jacinto parecía buen tipo. Tenía una taza de vino blanco y se invitaba a otra, mientras nos contaba los 40 años que pasó tras el mostrador de una ferretería. Su ferretería, que ahora ocupaba un Supermercado El Árbol. Algo que a Jacinto le tocaba mucho las pelotas.

Ya os dije que Jacinto parecía un buen tipo. Borracho, pero un buen tipo. De estos a los que les perdonas su alcoholismo, por aquello de que te caen simpáticos. Ahora era yo el que le invitaba a la “cunca”, y Jacinto me agarraba del brazo, fuerte de cojones, pero tampoco me importaba, porque parecía un buen tipo y, además, tan sólo quería recalcar que nosotros éramos “Unos chavales de la ostia”.

Un grande Jacinto. Yo le repetía que tampoco era para tanto, que éramos gente corriente, aunque tampoco debe uno fiarse de la juventud, que hay mucho hijoputa suelto. Y Jacinto que me agarraba más fuerte y asentía. Ya se le caía el vino y empezaba a tontear con unas chicas que estaban a mi lado. A su edad. No me parecía muy bien aquello, podrían ser sus hijas, pero no le dije nada. Vete tú a saber que haré yo a su edad.

Y Jacinto me decía que sí. Que el otro día unos imbéciles le robaron. “Hay que ser muy cabrón para robarle al bueno de Jacinto”, pensé yo. La violencia y la intimidación no están bien, ya sabéis que no. Pero ese no fue el caso. La verdad es que Jacinto estaba tan borracho que apenas tuvieron que quitarle la cartera del bolsillo de atrás. Doscientos euros que se le fueron a la salida de El Corzo, un local para maduros por enamorarse, un lunes, de madrugada. Me lo imagino sollozando maldiciones, desesperado en la acera. Y me da lástima.

Es triste decirle a un señor de su edad, antiguo ferratero, que no queda otra que joderse y resignarse. Que así está el patio y que no somos madelmans. Pero a Jacinto no le convencía mi teoría de cobarde ciudadano. Bien cierto es que no fue una jugada inteligente tener doscientos euros plegados cómodamente en la cartera. Ahora los repartiría por varios bolsillos, incluso si eso saldría con menos. Pero aún así los imbéciles no cobrarían su parte, no al menos la parte que Jacinto quería que cobrasen.

Ya había hablado con un amigo y pensaba agenciarse una pistola. Así me lo dijo, “para meterle un par de tiros a esos hijos de puta”. “No arreglas nada Jacinto, es peor aún”, le dije. “Ya lo sé, pero son unos hijos de puta”. Era un jodido borracho desquiciado, pero tenía toda la razón del mundo. Y alguien más nos invitó a otra.

Luego le pregunté por sus hijas. Al hablar las quería. Eran tres, de mi edad más o menos. Y llevaba sin hablar con ellas siete años. “Al menos lleva la cuenta”, pensé. Pero no era suficiente. Jacinto ya no parecía tan buen tipo. No sería yo quien se lo dijese, pero eso poco importaba. A Jacinto no le gustó el último tema que estábamos tratando y nos dejó de repente. Allí, con su taza de vino casi sin empezar. No lo conozco bien, pero eso no es propio del bueno de Jacinto.

3 comentarios to “Cuento de Navidad (rollito Paul Auster)”

  1. Alvaro Says:

    Que bien escribes, cabrón. Me ha gustado mucho, muy lírico.
    Y con moraleja de regalo.

  2. sallym00n Says:

    como ha dicho el de arriba, escribres de la ostia.
    Siento discrepar, pero Jacinto a mi me cae mal.

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