Eres la mejor versión de mí mismo (y aún así me das asco. O no)

Los reflejos más fieles de nosotros son los que no nos devuelve el espejo. Cuando William Wilson odia a William Wilson se odia a sí mismo o, mejor dicho, se quiere (nos queremos) tantísimo que el miedo a perder la exclusividad sobre su persona le desespera. Cuando tengo el ego bajo pienso en eso. Pienso en que, pese a todo, pese a compartir con vosotros ecosistema, pese a que seamos todos unos sapiens sapiens, yo soy yo y vosotros, bueno, vosotros estáis a mi alrededor. Pululando.

Todos los hombres son iguales es la mentira con mayor aceptación de la historia. Sal a la calle y grítalo si tienes huevos. Convéncete a ti mismo de que tu novia y Eva Mendes son iguales. Luego vete a donde está tu madre y dile a la cara que es igual que Mao Tse-tung (pero en guapa). No todos somos iguales, ni unos más iguales que otros. Cada uno es dueño y señor exclusivo de unos derechos intransferibles. De sí mismos.

Si como, William Wilson, pudiésemos traficar con esos derechos, si Brad Pitt gustase tanto que todos nos dejásemos un dinero en comprar ese producto deshidratado, que viene en bolsitas y sabe a vainilla, que nos convierte en otro Brad Pitt, guapo, arquitecto y que se lo monta con la Jolie, joder, si eso pasase, Mr. Pitt se lo tomaría fatal y tú y yo nos reiríamos mucho.

Pero ahora pensemos en que ocurriría si fuésemos William Wilson (que luego se reconvirtió, hastiado, en el mejor amigo de Tom Hanks). Cuando conoces a alguien que se parece mucho a ti fisicamente, cuando se te acerca y ves en él, como un reflejo distorsionado por los fenotipos de una vida paralela pero distinta a la tuya, que se te asemeja en el vestir, en el andar, en el pensar y en el sufrir, cuando llegas a ese punto en el que te das cuenta de que no eres el único Modigliani en la sala, te cabreas. Eso o te enamoras. Y ya hay dos personas iguales en el mundo.

Una respuesta to “Eres la mejor versión de mí mismo (y aún así me das asco. O no)”

  1. Prouper Writer Says:

    Siempre temí que un día mi William Wilson me collejease al darme la vuelta tras mirar el espejo.

    Maldito Edgar Allan…

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