Los extraños recobecos del cortejo en la Inglaterra victoriana

Siempre me han gustado las remilgadas novelas inglesas de finales del XIX. Aquella gente llevaba una vida encorsetada pero maravillosa en cuanto al despliegue críptico que suponía. Eran unos auténticos expertos en “leer entre líneas”, algo que para mí, un hombre burdo, hijo de su tiempo y acostumbrado a que todo le venga masticadito, resulta imposible.

Cuando acabé de leer “Una habitación con vistas” de Forster me dio la impresión de que se me escapaba algo. Los sentimientos tan intensos que el narrador nos acercaba distaban mucho de la acción que transcurría ante mis ojos. Probablemente los gestos de cortejo tan indebidamente evidentes (para aquella buena gente) que allí se veían no disten mucho de alguna mirada furtiva que puedo echarle a desconocidas transeuntes día sí, día también.

El caso es que el domingo me levanté remilgado y con ganas de cine de época y flema británica, así que me puse la adaptación que el tándem Ivory-Merchant se marcó del libro de Forster. Y lo mismito. Yo no veo la pasión desenfrenada de los amantes en las miradas furtivas  que se lanzan. No concivo ese extraño cortejo que se cimienta en absolutamente nada (salvo algún respingo). Se sostienen las miradas, ¿y eso que es?. Yo quiero sostener miradas y flipármelo como ellos.

Quizás se deba a que, dejando a un lado el contexto tan distinto en el que me encuentro yo, soy de entrada la persona menos aguililla para identificar los acercamientos afectivos de las féminas, sienta o no sienta un mínimo de interés hacia ellas. Por eso doy gracias a Dios por no haber visto la luz en la Inglaterra victoriana,  o me pasaría a dos velas aún más tiempo.

Por si en algún momento de vuestra existencia afectiva tenéis un instante de regresión, a lo Regreso al futuro o Ubik, y aparcais el auto en pleno Howard’s End, os voy a dar unos consejillos. No habrá fluor ni televisión a la carta pero tenéis derecho a mojar igualmente.

– Cuando dicen “no” quieren decir que “sí”

– Si la ves en camisón y deja entrever los tobillos, las muñecas y una melena alborotada, quiere sexo desenfrenado contigo. No hay duda.

– Si se aleja de su grupo (capellán, dama de compañía, etc.) y se acerca a ti (que paseas solo por el campo florentino), puedes saltarle al morro. Te corresponde seguro.

– Si eres amable y te ofreces para un paseo y ella acepta, mojas.

– Si te mira más de 3 segundos y luego tuerce el cuello con brusquedad, mojas también.

– Si está prometida con otro no desesperes. Si el matrimonio es de conveniencia y el futuro marido un gilí, es más que probale que sigas jugando.

Apúntate esto en el dobladillo de tu camisa de época y déjate caer por la campiña inlglesa de finales del XIX. Parecerá complicado, pero está repleto de libertinas.

¿Qué os dije? Al morro

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