Chistes fáciles hubo siempre

Por motivo de la entrega del Nobel de literatura el Diario ABC mandó en 1929 una pequeña delegación con rumbo a Oslo. Allí, el periodista logró audiencia con el premiado y la entrevista se desarrolló con total normalidad. Sin embargo,  justo antes de levantarse de su asiento, el escritor golpeó accidentalmente un vaso de agua que, apoyado sobre una mesita, acabó desparramándose por toda la moqueta.

Fue en ese punto donde José Esteban Castillo, corresponsal de cultura y amante de la filatelia, alcanzó lo que hasta su muerte consideró el sumun de su humor, el punto más alto que alcanzaría su ingenio, mezclado a su vez con una dosis exacta de desparpajo y saber estar. De dominio de la situación, de retórica, de camaradería.

Porque justo en el instante en el que el agua comenzó a exparcirse por el suelo, al absorberse por los pequeños interticios que dejaban libres los filamentos de la moqueta, José Esteban Castillo tuvo la agilidad mental suficiente (antes incluso de que el rostro del escritor mostrase síntomas de consciencia frente al pequeño cataclismo) para dirigirse al entrevistado y decirle en sonoro castellano: “Thomas, hombre”.

Tras pronunciar esas palabras, José Esteban Castillo se sintió orgulloso de si mismo, de sus conocimientos de inglés y de su agudo sentido del humor. El escritor tan sólo reaccionó acorde con lo sucedido. Acababa de derramar un vaso de agua sobre la moqueta del Gran Hotel de Oslo y lo apropiado era inclinar levemente la cabeza y pedir disculpas. Así lo hizo, en un magnífico inglés salpicado de acento alemán. Porque el señor escritor, Thomas Mann, había nacido en Lübeck, al norte de Alemania, y su apellido distaba mucho del significado que José Esteban Castillo le había dado.

Sin embargo, José Esteban contó esta anécdota durante años. Y aquellos de nosotros que fuimos conscientes de su error jamás dijimos nada. “Thomas Man, ¡Thomas, hombre!”, repetía con auténtico fervor durante las cenas. Nosotros asentíamos y nos reíamos. De un modo ajeno a él, la historia nos hacía más gracia de la prevista.

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