Strawberry fields tu puta madre

Al niño le gustaban los caramelos de fresa. El problema es el miedo que estos suelen despertar en el alma humana. Puede que no lo sepáis (mejor dicho, que no seáis conscientes de ello) pero la triste verdad es que algo te grita “corre”, “muere” y “escapa” cada vez que se te pone a tiro un caramelo de fresa.

La fresa es el fruto que crecía en el árbol del bien y del mal. Un maná complejo y delicioso que fue lo suficientemente astuto como para lanzar el odio de los hombres sobre algo tan inocente y vulgar como la manzana. Ahora me diréis que las fresas no crecen en los árboles. Ahora.

El problema de la fresa es su combinación cítrica y dulce. Su reclamo al paladar y la perdición. Porque la fresa es el tinte de nuestra sangre, son los poros de una piel que transpira excitada. La fresa vive de un engaño pactado con el deseo y la mente del hombre. Busca esconderse, reptar a través de los usos de la historia como aquella serpiente que la depositó sobre la palma de Eva. Se mezcla recelosa con azúcar, iogur, nata y zumo de naranja. Se camufla en macedonias y espera que su verdadera fuerza, que su trágica intención, pase desapercibida ante nuestros aletargados sentidos.

Pero yo no caeré en esa breva. Sé perfectamente el sucio y esquivo juego que se trae. Reconozco la hipnótica intensidad rojiza de los colorantes, acidulantes y potenciadores del sabor que pueblan caramelos, helados, gominolas y preservativos. No os tengo miedo. Puedo evitaros y pasarme al melón.

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