“Bus” sonaría bien como insulto

Trocitos de bambú entre las uñas. Es una sensación agradable de cojones. Pero a menos es un acto sincero que te hace un cabroncete mirándote a la cara y sin disimular que lo que pretende es abrasarte de dolor físico. Pero lo de ALSA, amigo mío, eso fue bajo y ruhín.

Si bien es cierto que no tendría que haber cogido el autobús de renganche, también es cierto que la maquinaria de tortura encubierta que allí desplegaron no está bien vista por el Tribunal de La Haya.Alguien malvado, probablemente asturiano y probablemente de nombre Moriarty, planificó el viaje mortal que padecí hasta Salamanca. Repasemos lo que esa mente retorcida ideó para joderme.

1.- El tiempo. Ocho horas de insufrible trayecto. Ocho horas. El Google maps, testado por un señor prudente de Silicon Valley que no pasa de 80 km/hora,  marca 5 horas 16 minutos por la A6 (pasando por Ponferrada) y 5 horas 34 miutos si vamos por la A52. Oh, vaya ¡Precisamente por donde fuimos nosotros!

2.- El bonito paisaje. Por aquello de convertir en ameno el viaje vamos a crear un continuidad visual. Un línea terracota y aburrida que atraviese el horizonte durante horas y horas, un encefalograma con algún pico en forma de árbol reseco o caseto de adobe.Emociónate joven viajero.

3.- Pantallitas. Si por algún inexplicable problema mental tuyo eres incapaz de permanecer absorto padaleando el paisaje castellao leonés que se te presenta, tienes una segunda vía: Esa bonita y cara pantalla de plasma. Podrás ver anuncios promocionales de precioso acabado, películas de animación o pseudotelefilmes de ciencia ficción tan malos (véase Aliens en el ático) que aún careciendo de sonido eres consciente de lo pésimo de las actuaciones y la tristeza de la dirección.

Pero el culmen del terror pantallesco es un invento colaboracionista entre el GPS y la guía Michelim. Un bonito mapa te indica la posición actual del autobus, una línea roja te marca el recorrido y te proporciona una vista de pájaro para que te jodas aún más y seas consciente del largo suplicio que tienes por delante. Es como si encima de cortarte los genitales te obligasen a mirar.

4.- La temperatura. Un calor frío cortante que te jode la garganta, te da escalofríos y consigue que transpires un sudor frío y gelationoso que nunca antes tu cuerpo había emanado. Es una buena definición.

5.- El asiento. Lo recrinable suele molar bastante. Pero no cuando no es lo suficientemente recrinable y te deja con el sueño, el cuello y las cervicales en modo coitos interruptus, direccionando tu cabecita a un punto mágico de la ventana donde las vibraciones logran revolucionar tu mandíbula hasta el punto de sacarte todo el sarro (este último punto es bueno).

6.- Los pasajeros. Un transexual que me miraba libidinosamente y una pareja de amiguetes sevillanos que se dedicaban al trial y que tenían a bien hablar a gritos con mucho salero, duende y alegría.

Sin embargo, el viaje valió la pena. No soy un hombre rencoroso con la vida y el servicio de transportes, tampoco con las pésimas conexiones que unen Salamanca con Galicia. Dejo atrás todo eso y digo: Qué maja es la tierra salmantina.

Viendo el cartel ya duele

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