El capullo del séptimo

Lo bueno de escribir en caliente es que ese motor que anima tu prosa, el odio, está loquito por salir. En este estado me encuentro yo ahora, y quizás más tarde, en frío o desde vuestra indiferencia como meros observadores (o mejor dicho lectores) del episodio que me acaba de suceder en el portal de casa, pensemos que la actuación de mi gentil vecino del séptimo no era para tanto. Pero resulta que ahora mismo bullen en mi cabeza unas hordas de goblins hijosdeputa cargados de mala baba. Y pienso yo, que qué mejor momento que este para alzar al subnormalote contrahecho de mi vecino del séptimo en mártir de los tontos del haba.

El hombre es un animal social, pero resulta que también lo son esos majetes chimpacés que arrancan de cuajo la cabeza de sus crías y se pasan todo el día chupándose el pito. De todo hay en la villa del Señor, dice nuestro sabio refranero, y hagámosle caso porque en un mundo en el que deberían reinar las buenas maneras, la cortesía, la educación y el respeto al prójimo, siempre surge jodón, cual cúmulo mediocris sobre un cielo azul veraniego, un tocapelotas desconsiderado que piensa que es Bruce Banner en “Hulk ¿Fin o principio?” o Charlton Heston en “El último hombre vivo”. Pero no, queridísimo vecino del séptimo, te recuerdo que hay más gente a tu alrededor, gente que siente y padece, gente que no quiere subir hasta un sexto piso andando.

Salvo por el bonito estilismo, Bruto sería un fiel retrato robot de mi vecino.

Porque resulta que me encontraba yo en plena aproximación al portal, cuando veo que se interpone ante mi un cuerpo robusto y moreno (nada estilizado) que a dos palmos de mi grácil figura echa mano del manojo de llaves y abre la puerta. Hasta aquí todo bien. Me ahorra la tediosa búsqueda bolsillera. Yo sabía que él me había visto, sería imposible no presentir mi presencia en el reflejo de los cristales, en el ruido apagado de mis pies contra el mármol. Pero él no se molestó en realizar tan siquiera un gesto que asemejase un saludo, no sujetó durante un educadas milésimas de segundo la puerta con su dedo índice, no se volvió antes de entrar en el ascensor y me preguntó “Perdona, ¿a dónde vas?”.

No. El deshecho social, el jodido burro con anteojeras, siguió recto, sin vacilar, conmigo literalmente pegado pero siendo lo suficientemente rápido, hábil y valiente cobarde como para adelantarse en el tramo finalísimo cara al ascensor y dejarme allí embobado mientras la rendija que nos separaba se hacía más pequeña. Con cara de póker y algo menos de fe en las gentes que pueblan el mundo.

Le grité un “Bravo” mientras se cerraba la puerta en mis narices (no quise llegar a más porque los tontos son casi siempre más grandes y fuertes que la media). Por supuesto me quedé esperando, deseoso por saber hasta donde subían los numeritos. Ajá: el séptimo. Yo vivo en el sexto. Puede que mi techo sea su suelo. Quizás donde yo tengo ahora la cabeza, un poco más arriba, él tenga los pies. Pero con esta gente ya sabéis, para que te pisen no hace falta demasiado. Eso sí, algún día:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: