Mi infancia… en unos grandes almacenes

Me resulta algo natural, como el iogur ese que sólo le gusta a los papilas muertas. Era un hábito diario de mi infancia y nunca fui muy consciente de lo extraño, o al menos curioso, del asunto. Ahora, viéndolo con pespectiva, no deja de parecerme gracioso y de despertar en mí cierto orgullo. No todo el mundo puede presumir de haberse criado en unos grandes almacenes.

Desde que era pequeñín y me llamaban niña (unas pobres gentes cerradas que no concebían la media melena masculina) pasé mis tardes en El Corte Inglés. Tratando de recordar, el chófer nos dejaba a mis padrinos y a mi personita sobre las 6, y allí echábamos tranquilamente un par de horas largas. Así todos los días.

La estampa de una pareja de señores mayores y de noble porte acompañando a un efebo alado que revolotea por todas partes era, como podréis imaginar, entrañablemente arrebatadora. El roce diario durante años y mis múltiples recursos sociales lograron que estableciese casi un vínculo familiar con ese gran almacén y sus empleados. Era casi un rito pasar mis manos por las telas de Pablo, embobarme con aquellos tubos tan largos de cartón que siempre quería llevarme a casa. Diferencié las telas a las que podía hacer un corte y luego tirar, sin miedo y con decisión, para lograr una fisura perfecta. Pablo era muy majo, llevaba gafitas y era altamente homosexual. Ahora no me cabe duda, pero de aquella sólo pensaba que era un poco niña y por eso estaba en la sección de telas de El Corte Inglés.

También recuerdo las carreras en el carro por el Supermercado. Un señor de bigote que cortaba el pescado y siempre se metía conmigo y una chica alta y pelirroja que estaba en la sección de precocinados. Me regalaba caramelos y siempre preguntaba por mí. Y las cajeras. Eran todas un encanto, sobre todo una que me recordaba a Minerva Piquero. Creo que se llamaba Macarena. Yo estaba enamoradísimo.

Luego merendaba en la cafetería. Un sandwich y, en días especiales, lo regaba con una Coca-Cola. Quería que me sirviese Paco. Era el camarero. Recuerdo su uniforme verde y su cara amable. Y es curioso, porque en mi cabeza, en uno de esos extraños vínculos que nos regalan los neurotransmisores, no dejo de proyectar su rostro sobre el cuerpo de alguno de los jugadores que componían la plantilla del Super Dépor.

De todos modos, mi planta favorita era la tercera. Sección infantil. En ropa estaba Maica. Un señora que ahora se me antoja tremendamente atractiva y que llenaba mi fondo de armario con los indispensables Bass 10, Easywear y una marca que me suena a Lionsgate (pero no creo, este es el nombre de una productora, si no me equivoco…). Y por el otro lado Rosa, Rosita, Rosae. Sección juguetería. Y le pegaba todo. Juguetes, niño. No tengo que relataros lo bien que me caía Rosa.

Y me hicieron regalos por mi primera comunión. Y los vi emocionarse la primera vez que tuve que dejar la planta tercera para subir a la cuarta (moda juvenil). Y me llamaron en los momentos difíciles y, siempre que paso por allí, encuentro un tiempo para dejarme caer y saludar a los que aún quedan dando guerra en esa oda al capitalismo y las buenas costumbres que es El Corte Inglés.

Cuantísimo me has dado pese a ser tan feo

Pasé mis tardes de infancia  curioseando bonsais o memorizando las mecánicas de las cajeras. Deseando que llegase la semana de Asia o la época de los belenes. Emocionándome con la instalación de la Boutique del Gourmet y entristeciéndome con la reforma de una cafetería que para mi gusto tenía mucha más personalidad antes. Allí sentí la culpabilidad cuando robé un caramelo doble de fresa (algo que me marcó de por vida y me cercenó tanto el alma que jamás me planteé de nuevo faltar al séptimo). Y también fui feliz y me enriquecí contemplando todo un catálogo de personajes, desde el piso -1 hasta el piso 6.

Forma parte de mí. Mi atracción hacia las mujeres camisadas, mi gusto clásico sesentero, mi si no queda satisfecho le devolvemos su dinero, mi concepto de la Navidad o mi fascinación por las llaves de colores. Cuando voy allí todavía me siento en casa. En serio, cada pasamanos de cada escalera que chirría. Cada destello de ese suelo de plástico que semeja parqué. Cada sonrisa franca y uniformada me recuerda que el triángulo verde sigue siendo uno más de la familia.

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