Menos mal que nos queda Portugal

El encanto de los países limpios es que no te recuerdan a Italia. Y en las antípodas de todo esto está una Portugal que resplandece que te rilas. El trabajo de alicatado y puesta de neones fue tan escrupulosamente perfecto, que desde 1975 no tuvieron que volver a lavarle la cara al país hasta entrado el nuevo milenio. La luz mediterránea de Lisboa, ese desconchado de fachadas y el adoquín de las aceras, ese aire perdido que comparte con Porto, podría llevarnos al extremo opuesto de la costa ibérica, pero no. Estamos de cara al Atlántico y nos preguntamos porqué nos gusta tanto, porque nos motiva y nos invita a seguir creyendo en la buena gente, un país como Portugal.

Me caen en gracia. No sólo por ese hablar de bocas cerradas, tan para dentro, que hace que me sienta menos incomprendido, sino también por el tiempo que se detiene en absoluto y relativo. Miras atrás y recuerdas, pero también eres capaz de estarte quietecito y sentirte agradablemente solo en mitad de la plaza, allí frente al taurino donde los muy cabroncetes (también son listos ellos) te dan la estocada camuflada en vaso de ron ficticio.

Todo está rico en Portugal, y como son gente sosegada que comprende que el almuerzo es al mediodía, y que el mediodía son las doce de la mañana, el masticar es suave y sin prisa, lo cual facilita la digestión, lo cual bendice a mi querida siesta. Y la siesta te lo agradece, porque son atlánticos ellos pero saben de persianas, y conocen que el amor y el buen dormir en la cama no están reñidos. Por eso te ponen dos almohadas individuales, bien mulliditas ellas, para que puedes guerrear contigo mismo sin tener que robarle el punto de apoyo a la cabeza de tu partener nocturno.

Su país es un rostro bastante feo, pero ellos siempre te sonríen y están tan bien enseñaditos que ante cualquier cortesía se te desvelan como “obrigados” al buen hacer. Qué majos que me son. Y además todo es más barato. Y más auténtico, menos pervertido de fandango extranjero, con más señoras que miran perplejas y más chavalines pícaros y cabroncetes por las calles.

Los quiero tanto que pienso acabar esto sin hablar de fados, saudade, toallas, CR9 y mujeres con bigote. Ellos se merecen algo mejor, por ejemplo, a Sara Mago.

Si es que me son de majos ellos...que hasta las floristas derrocan dictaduras

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