Werner Herzog, quiero hacerte el amor

La primera vez que lo vi y fui consciente de su presencia, y del oficio que ejercía en este mundo, fue en la portada de una revista. Miraba a cámara y lo ocupaba todo. Su nombre no me decía nada y no lo vinculaba con otros grandes del Nuevo Cine Alemán (Wenders o Fassbinder). Para mí tan sólo era un desconocido al que le habían dedicado un extenso monográfico a raíz del estreno de su última película en la cartelera española. Sentí que mi cinefilia menguaba y que una aparente figura de peso se me quedaba atrás.

Dentro, reportajes y críticas a parte, venía una entrevista. La leí del tirón y me trastocó como le trastocaría el color al chico de la moto. La visión que ese hombre tenía del cine era la de una extensión de si mismo. Huía de preocupaciones teóricas y de la pompa de la industria. Parecía buscar en el fin del mundo. No entendía las referencias a sus filmes, realmente no me enteraba de la mitad del cuento. Me perdía en nombres pero mantenía la esencia, la rotundidad de sus palabras. Me enamoré.

Y lo platónico e inconsciente, el amar a un cine que nunca has visto, me atormentaba. Porque te lo imaginas y recojes retazos e imágenes, y lees el entusiamos de otros, y construyes en tu cabeza el cine de un Herzog que nunca viste. Recopilas su filmografía y la atesoras en una esquina, con recelo pero también con miedo, miedo a enfrentarte a algo desconocido y próximo. A acabar cagándote en su puta madre mirando unas imágenes cargadas de decepción donde antes había frases de empatía. Y necesitaba una excusa. Y la tuve.

Y en diez días saboreé gran parte de su filmografía eterna. Me metí de lleno en su cine, que es él, en sus mentiras que plagan ficción y real, en los largos planos sostenidos, en la búsqueda de la verdad extática, en la naturaleza cruel y sexual, en Kinski y Bruno S, en su Baviera, en los confines de la tierra, en el corazón de la Soufrière, en la conquista de lo inútil que puebla a los románticos. Románticos de los que reniega pero que buscan ese imposible, cargado de ambición, de amor por la empresa. En lo físico de un cine de piernas motoras, sudor y noches sin dormir. En la bella imagen que te congela, que me atrapó de por vida cuando abrí aquella revista. Ese barco en mitad del Amazonas, que serpentea por la montaña en busca de un sueño. La magia de Herzog es crear en la nada una ópera y que suene Caruso. Y que no haya mentira ante nuestros ojos, tan sólo sobre sus palabras.

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