Sobre chorradas temporales y mirarse al espejo

Uno de los relatos de “El libro de arena” hace que una persona comparta banco consigo misma, que se siente con su yo del futuro y establezca una de esas conversaciones imposibles con las que la imaginación siempre anda a vueltas y que sólo la ficción nos puede dar. Este tipo de encuentros van siempre vinculados a viajes temporales, ya sea el Nobita que, con ayuda de Doraemon, se encuentra con un sigomismo igualmente gilí, el Stewie flacucho y fracasado que no dominará el mundo por culpa de sus frustraciones sexuales o el Leonard Nimoy que se da de bruces con un Zachary Quinto que encaja a la perfección dentro del papel de estirado vulcaniano.

Míralos que iguales

La magia de las rupturas temporales, ese antiguo invento que los guionistas gustosos de enrebesar tramas han vuelto a poner de moda (tú también, Sr. Vigalondo), constituye la pegada más palpable de lo que en términos narrativos se denomina flashback o flashforward.

Los viajes en el tiempo nos permiten seguir la linealidad de la historia pero a su vez tomar un camino paralelo donde la quiebra temporal crearía una doble realidad. Un elemento, el viajero temporal, sería la constante en la linealidad de la narración y el otro, todo lo demás que no se mueve en el tiempo, el referente que nos permite visualizar el flashback o flashforward. El caso es que  debemos tener en cuenta que esta dualidad se sustenta en que lo que estamos apreciando es un punto pasado o futuro de la historia (flashback o flashforward) pero también un punto particular dentro de la linealidad de la trama (ya que el viajero es un elemento nuevo que diferencia ese momento concreto, pasado o futuro, del resto de momentos, pasados o futuros, que sin él serían idénticos). Seguramente lo que predomine sea esta función lineal, este falso flashback o flashforward que el viaje en el tiempo nos pone delante, y toda mi teorización precipitada sea una chorrada sin fundamento fruto del “Efecto Lojo” y de mi gusto por reducirlo todo al posmodernismo.

Por si os queréis construir un DeLorean blanco y emular a Doc

Pero, aunque no lo parezca, el caso no es este. Lo que realmente me interesa ahora es el William Wilson de Poe. El cuento nos presenta a ese señor que conoció a un señor, que se llamaba como él, nació el mismo día que él, hacía lo mismo que él, lo superaba en todo, cada vez se le parecia más, le acabo robando la vida, etc, etc. Pese a la inventiva de Edgar Allan Poe, el punto más cercano por el cual nosotros mismos podemos sentarnos frente a nosotros mismos (no hagamos chistes de gemelos o de tontos ante un espejo) es acercándonos al relato que ahora os comento.

Un William Wilson, un reverso tenebroso, la otra cara de la moneda, Hugo, el gemelo malo de Bartito. Ese es el camino. Y yo quería seguirlo. La opción de grabar una conferencia, darme un golpe en la cabeza que me produjese amnesia y me hiciese olvidar todo, para después ponerme ese mismo video dentro de treinta años y pensar: “Coño, que engreído gilipollas era yo de joven“, no me parecía una buena opción. Sin embargo, si que me parecía una estupenda alternativa, bucear en busca de un Enrique Lojo. De alguien que, por casualidades azarosas, partiese de la condición indispensable para ser lo más parecido a un yo mismo: Mi nombre.

Y elo aquí. Mire usté por donde, hallé a semejante ejemplar en Facebook (no tengo que decir su nombre, qué curioso) y me asaltaron las preguntas. ¿Cómo será su vida? ¿Tendrá mancebos hermosos? ¿Le gustará el helado de pistacho como a mí? Y lo que es más importante, ¿Me habrá buscado él a mí en el basto mundo de internet? y, de ser así, ¿Qué habrá pensado? Quizás, “joder, qué guapa es mi versión europea“. Quién sabe.

Enrique Lojo

La verdad es que siento una especial conexión con este tío. Y sé que es ridículo. Puede que ni siquiera se apellide así y que tan sólo le haga gracia la sonoridad y la rima fácil de Lojo. Sea como fuere, me siento a salvo con él, me siento seguro, y creo que puedo decir, sin lugar a dudas,  que lo pondría de nonagésimo cuarto en mi lista de donación de órganos. Es el regalo que le dejo a mi William Wilson particular, hasta que nos encontremos en un banco.

Una respuesta to “Sobre chorradas temporales y mirarse al espejo”

  1. hombremono Says:

    *enrevesar

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