Nunca el otro medio me tocó tanto los cojones

Hará un par de años, puede que menos, vi 8 y 1/2. No está fresca en mi memoria y soy consciente de que para poder aprehenderla tendría que revisionarla una y otra vez. Se me escapa el significado absoluto de la obra, aunque no sé lo que es también tengo muy claro lo que no es. No es, mi querido Rob Marshall, una excusa barata, salchichera, para lucirse con tus juegos de luces. No es, desde luego, la premisa europea para construir un vodevil plagado de tópicos y con el esquema más repetitivo que se ha visto desde el Pong.

Cuando haces una obra cargada de pretensión, sobre la creación, sobre el propio universo del autor, el riesgo es grande. El carácter autobiográfico de Fellini era visible en sus películas, siempre echó mano de sus propias vivencias. De su niñez en Amarcord (con referencias que ya son visibles en 8 y 1/2) o de sus días de bohemia en La Dolce Vita o Los inútiles. Del neorrealismo a un personalísimo cine. Personalísimo en lo narrativo, estético y, como acabo de comentar, también en lo temático.

Bien Rob. Que 8 y 1/2 sea un clásico del cine, que logre plasmar la frustración del artista, que confeccione y engrandezca al personaje (y homónimo de Fellini) que Marcello Mastroianni fue desarrollando a lo largo de su filmografía, que nos desconcierte y pierda y, que aún así, nos deje trastocados al final de la película, conscientes no, convencidísimos de la gran película que tenemos antes nuestros ojos, eso Robert, todo eso que te queda tan grande, es fruto de una progresión, es fruto de una verdad que se aleja del triste, comercial y publicitario engaño que atrae y mosquea al entrar en la sala.

Entiende Rob mi enfado. Me cabrea que se toque al muerto que hizo mucho en vida, que se le saque y se le escupa a la cara. Que es lo que tú haces. Que hagas desfilar por pantalla una sucesión de chorradas envueltas en mujeres, envueltas en poca ropa, cantando canciones desgraciadas y basándote en un esquema que se repite hasta incomodarte en la butaca. Pero eso sí, te dejas la producción, te curras tus movimientos de cámara y tu planificación para dejar bien claro tu oficio. Y no sirve de nada. Porque no hay nada en tu película. Hay pegotes que sonrojan, un pastiche de cosas que alcanza el sinsentido por momentos. Una desgracia, Rob, que sería permisible sino fuese porque querías estar un poquito (el otro medio) por encima de un grande.

Marcello mirando raro y con razón

8 y 1/2 debe su nombre a lo siguiente: El jeque blanco (no contamos Luces de Variete porque la codirige con Lattuada), Amor en la ciudad, Los inútiles, La Strada, Almas sin conciencia, Las noches de Cabiria, La Dolce Vita y La tentación del doctor Antonio (que,  inmerso dentro de Bocaccio 70, es el medio que acompaña al 8). Bien, ocho películas, una evolución, ocho marcas que te llevan hasta aquí. Tienes algo que contar, ganas y medios para hacerlo y lo haces.

Ahora Rob vamos a ver por qué te quedas tú fuera de la ecuación: Annie, Chicago, Memorias de una geisha. Y ya. Y yo me pregunto… ¿Por qué Rob? ¿Por qué me engañas? ¿Qué necesidad, qué impulso creativo, te llevó a tomar el nombre de Fellini en vano? ¡ A nadie le salen las cuentas Rob! Estabas en tu casa y alguien te habló de un tipo italiano con una película italiana, de cosas italianas y mujeres. Y tú pensaste…

– ¡Oh!, ¿Un tipo italiano me decís?.

– Sí Rob.

– Un tipo esbelto, uno de mis protagonistas, de éxito, artista y carismático, como Richard en Chicago ¿no? Porque os acordáis de Richard, supongo.

– Si Rob, nos acordamos de Richard, y sí, se parece a su personaje.

– Y hay mujeres, un montón de mujeres a las que poner lencería y hacer cantar y bailar y tralarí, tralará…

– Exacto Rob, tenemos todo eso.

– ¿Y cómo se titula la película?

Ocho y medio.

– ¡Oh! ¿Ocho y medio me decís?

– Si Rob, tienes un grave problema de oído Rob – esto lo deduzco yo escuchando las pésimas canciones de sus películas-

– Ya lo tengo. Será mi obra más redonda y se titulará Nine, así, sin traducir, paracerá más glamurosa en todas partes. Y se llamará así porque…

– La del tipo italiano era su octava película y media.

– Ya. Bueno sí, eso está bien. Pero yo hice tres, una era un telefilm y las otras dos unas mierdas mal paridas…

– Ya Rob.

– Pero se llamará Nine porque suena que te rilas y de eso se trata… ¡De engañar con las luces, la música, el vestuario, y que la gente se olvide de que uno va al cine a eso, a ver cine!

En resumen, que me cago en tu puta madre, Rob Marshall. Y en la de los productores que te dieron cobijo (Hermanos Weinstein, aquí soy intocable) también.

Momento musical realmente grimoso

4 comentarios to “Nunca el otro medio me tocó tanto los cojones”

  1. Requerido Says:

    Guiiiiiiiido

  2. Alba Says:

    Lalalala chinema italianooooo

  3. Apiuch Says:

    ¿Dónde está el punto que media entre la idea que alguien tuvo aquel día sentado en el retrete y las pretensiones grandilocuentes?
    ¿Tienen algo que ver con la honestidad? Me refiero a la hora de narrar, no a la moral.

    Un saludo

    (¡Ya sería la repera si me dieses un ejemplo concreto!)

    • lojoquetecojo Says:

      Yo creo que el punto que media tiene que basarse en el respeto. Evidentemente el mundo vive de apropiaciones, me parece de lo más correcto. Lo que no sé es, hasta que punto Robbie Marshall hice su película por una necesidad latente de su ser o por un interés de tipo económico.

      Si consideramos, cómo creo, que existe alguna necesidad latente en el cuerpecito de Marshall, saltamos al tema de la honestidad a la hora de narrar. Es cierto que Marshall ha sido honesto con su estilo al adaptar la película de Fellini. Pero para mí el problema radica en que no tiró por tierra la película de Fellini para luego reconstruirla según su óptica. No. El tío dejó parte de Fellini ahí, pero sólo lo superficial. De manera que no hizo una película independiente a la otra (con reminiscencias, pero independiente). No. Lo que hizo fue mezclar su estilo horterilla con una simplificación del universo felliniano, lo cual nos lleva a una clara desvirtualización del cine de Fellini y a la idea de cierta falta de respeto por una obra que no debería ser tocada de un modo más directo.

      Ejemplos… podemos pensar en otro resultado si, por ejemplo ( y me repito) Rob Marshall hubiese hecho transcurrir Nine en la actualidad y en Hollywood. ¿Por qué italia? ¿Realmente no sería mejor readaptarlo de verdad a los días de hoy? Además se ahorrarían el ridículo de esa forzada mezcla de acentos. Pero claro, la base de la película son esa serie de topicazos del macho italiano, del Be Italian, del chico moreno con gafas de sol por la noche (Escuchaste esa canción de Kate Hudson que produce una horrible vergüenza ajena???).

      Realmente creo que la película hubiese ganado enteros, y mi odio se hubiese visto mitigado, si tan sólo se dejase en conflicto creativo del director y sus relaciones con las mujeres, y se hubiese optado por alejarse lo más posible de todo lo que fue Ocho y medio.

      Otro ejemplo… El Teniente Corrupto que estrenó hace poco Werner Herzog. No la vi, pero me había encantado la de Ferrara, así que estaba un poco mosca. Hasta que leí una entrevista a Herzog y el tío decía que no había visto la otra película. No sabía nada. Sólo le gustó la historia que había detras y la readaptó desde cero (como había hecho atrás con Nosferatu). Yo creo que esto sí que es honestidad y respeto, por una razón muy sencilla, porque no te la juegas intentando hacer un homenaje fallido.

      Dios, cuanto hablo.

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