Decaimiento mental racionalmente injustificado

Estaba yo, meciéndome encantado de la vida con los demonios batallando en mi cabeza. Y la mañana se alargó conmigo metido en cama, sabiendo que no era lo correcto, que tenía que espabilarme, que debía, podía y me convenía hacerlo. Pero os juro que estaba atado, que era incapaz de moverme de allí, inútil y estúpido, consciente del daño mental de esos sueños tan breves y reales. El tiempo se me venía encima y soy un tipo responsable. Y no podía. No pensaba en otra cosa que no fuese volver a quedarme dormido, volver a fantasear, a creerme una historia que sé que es mentira, quedarme dormido y que vuelvan las naúseas, o la sorpresa, el sinsentido, la desinrazón, el sueño, el valium, el rimel de ojos, el tapiz del Greco, el 306, el yonqui que cantaba en Elefantes, Machete, los niños de la barriada, la carrera que me pego desnudo, la cama que es coche, que es salón, que vuelve a ser cama. El odio que te cojo y que no te mereces, pero ella se lo merecía.

Y te despiertas y vuelves a dormirte, y te despiertas y otra vez. Y sales de la cama y haces tu vida, tu día, lejos del sueño. Y nada tiene  matices reales como antes y no eres el mismo y sigues dormido en vida. Y cuando te sientas a escribir esto, después del ir y venir de lapsos y fantasía, no sabes muy bien si estás despierto o esto no deja de ser otro de esos absurdos que nadie se merece salvo tú.

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