Oficialmente moroso

El otro día me sobresaltó una llamada de mi madre. Estaba preocupada, porque es de natural preocupada, y porque había llegado a casa una notita en papel trasparentoso, y poco sufrido, que me comunicaba que “Habiendo ido a su domicilio y no encontrándose usted allí (“usted” soy yo), le informamos de que podrá recoger  a partir del siguiente día hábil a la entrega de este aviso una citación de su interés en el Servicio Común de Notificaciones y Embargos”. Qué nervios tan nerviosos.

Tras el impacto inicial (golpe acentuado por toda una serie de problemas que se me han ido acumulando con la administración pública últimamente) me puse a repasar mentalmente mi vida delictiva y, lo que es peor, los actos de dejadez en los que pude haber incurrido, motivo más que probable para que ahora a alguien se le dé por embargarme la videoconsola. La cabeza fantasea y, pese a la jaqueca que todo esto me produce, no dejo de sentir una especie de estúpido cosquilleo. Que me refiera a este consquilleo como algo estúpido se evidencia a continuación. Seguid leyendo, muy bien chicos. Parada para sorber Coca-Cola (quedaría mejor que fuese café, pero sería una gran mentira).

Lo que os venía contando. El encanto que todo esto me produce radica en la magia del hombre torturado por el sistema. Es una sensación de desamparo por parte de la maquinaria burocrática y, a la vez, de tremendo apoyo por la ciudadanía que, antes o después, también ha sufrido en sus carnes morenas algún episodio de estos. Sentía que formaba parte del Club del Abandono y  el Papeleo. Cuando la Agencia Tributaria (gran eufemismo) tuvo a bien considerar que yo había recibido unos ingresos de 1.200 euros por parte de una compañía, de Big Footprint Company, de la que no había oído hablar en mi vida (con todo lo que esto me está complicando la existencia a nivel beca de estudios), me imaginé a mi mismo, en un alarde de distorsión y tremendismo, como un Josef K asolado por unos trámites incomprensibles, por unas indicaciones absurdas que no te conducen a ninguna parte y, sobre todo, por una impotencia absoluta frente a un problema que surgía, gratuitamente, de una fuente ajena a mí. El día siguiente me levanté y ví a Anthony Perkins en el espejo.

El caso es que la mierda de la notificación no hacía sino sumar puntos a mi odio. Vamos a viajar a Coruña y, ya de paso, a renovar el DNI (me tocó una funcionaria encantadora, por cierto). En los Nuevos Juzgados uno puede realizar un curioso y rápido resumen de las primeras temporadas de Callejeros. Hay jovenzuelos que dan miedito y que no quitan ojo a mi nuevo ipod (gracias Reyes Magos). En la tercera planta está el dichoso Departamento de Notificaciones y Embargos. Unos carteles de diseño elemental advierten de que está prohibidísimo entrar hablando por teléfono o usar el mismo dentro de la sala. Cuanto misterio, me siento como uno de los GAL.

Una vez dentro es todo bastante decepcionante. Muy de funcionario. Tanto, que me echo un buen rato de pie, tras la barra, yo solo, aclarándome la garganta y desdoblando con violencia el dichoso aviso, buscando que la mirada de alguno de esos trepidantes trabajadores se cruce con la mía. Pero no. Ellos están muy sofocados mirando al aire. Uno se levanta de su asiento. Dichoso responsable. Pero se pone el abrigo. Pobre crédulo, Enrique. El cabrito ni me mira, y eso que estoy yo solo, con mi hermosa planta, bien visible entre todos esos recortes ridículos de periódico que narran pasadas hazañas deportivistas y muestran fotografías aéreas de la costa brigantina.

Una señorita tiene a bien levantarse pasado un rato. Le muestro el aviso y ella me extiende la citación correspondiente. Un viejo fantasma del pasado, una triste historia que creía enterrada, vuelve para repatearme las pelotillas de nuevo. Allí, ante mis ojos, todo muy formal, muy de letrado, con su retórica, sus nombres en mayúsculas, sus sellos y firmas, sus abogados, con las alegaciones y todo el pifostio. Allí, La empresa R de Telecomunicaciones, prestadora de servicios y grandísima hija de puta, me reclama el pago de unas facturas pasadas. La palabra “morosidad” aparece tanta veces como se pone en entredicho mi buena fe. Otoño del 2007, tras una batalla para contratar servicios mínimos en verano y luego darse de baja, Alejandro y yo optamos por mandar al carajo a la empresa y no pagar unos servicios que dejamos bien claro que no queríamos y, que por otra parte y como es evidente, tampoco utilizábamos (de aquella le robábamos el wi-fi al bueno de López). Una jodienda, vamos.

No sé muy bien que haremos ahora, pero la verdad es que un nuevo sentimiento estúpido brota en mí. El fervor del jurista, del acusado injustamente, del inocente que busca defensa. Ahora me veo como un James Stewart de brillante dialéctica y rápida réplica, con una preciosa chaqueta cruzada. Lo primero que pensé fue en esa lucha encarnizada de despachos y tomos pesados. Todo fantasía. Pero crecía en mí de nuevo esa fuerza que nace de la adversidad. Pensé en ser un “Caballero sin espada”, en “Anatomía de un asesinato”, me imaginé como Mr. Deeds defendiéndose en “El secreto de vivir” (ya sé que es Cary Grant, pero me vale igual, todos son muy Capra).

Tendría un abogado del palo de Spencer Tracy en “Testigo de Cargo”, mal encarado y cascarrabias. Y me cagaría en la madre de R, los hundiría hasta que no les quedase otra que prestar servicios de telecomunicación interna a una empresa de manufacturas de cuero con sede en Jaipur, la India, el culo del mundo.

Pero todo esto es fantasía. Y acabaré pagando. Me cago en el sistema.

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