De odio

Odiar es tremendamente agotador. A mi no me cuesta nada decir que odio a Johan Wald, a Álvaro de Benito, el cine efectista o a los sevillanos que se creen graciosos. Del mismo modo tampoco me cuesta nada decir que amo Las Picotas, a Anna Karina, a Bogart o al guacamole envasado al vacío del Eroski.

No me cuesta odiar o amar las cosas insignificantes. “Odio” es una palabra que se dibuja mucho en mi boca. Del mismo modo también soy muy dado a amar pequeñas chorradas. Este empleo casi arbitario de dos acciones que, pese a ser abstractas tienen un enorme valor, acaba por devaluar su significado. Convirtiendo a un servidor en un áspero ser sin jerarquías sentimentales.

Pero no se me equivoquen. Soy un tío con buen fondo. Me cuesta mucho odiar, muchísimo. Tanto que no creo haber odiado nunca. A nadie. Es como el mero disfrute del placer carnal así porque sí, no me sale. Y mira que a veces lo intento.

El hecho es que ahí atrás forzé la máquina e intenté odiar a alguien. Era lo que tenía que hacer, se lo merecía y me vendría bien un poco de odio en mi vida. Ser un tipo duro. Te odio. Puarggg (sonido de escupitajo impactando en cámara lenta sobre la cara desencajada del sujeto a odiar).

Y nada chico. No odio. Tengo las palabras de mi catequista Moisés (os juro que se llamaba así. No sé si se lo puso de mote para ser más molón entre la Conferencia Episcopal, pero se llamaba así) grabadas a fuego: “Ama a tu prójimo”. Etcétera. Y yo, con ganas de odiar y de ser un cabrón del tipo quieroquemaratugatitosoloparaverlomaullar y no lo consigo. Mierda.

Lo bueno de esta vida es que todo se puede reducir a una serie de reglas numeradas y sin ninguna finalidad práctica, pero que puestas aquí quedan la mar de graciosas. Prosigamos por tanto con unos consejos que buscan favorecer que el odio eche raíces en nuestro espíritu. En un alarde de ingenio he tenido a bien llamarlo  “El decálogo del odio” (ya sé que son cinco, pero decálogo suena mucho más profesional):

  1. Lo mejor para odiar es que te odien. Aunque te dé dolor de corazón dale un par de bofetadas a esa persona que te gustaría odiar pero no puedes. Humíllala en público. Dile que es hija ilegítima de Morris. Cuando esa persona tenga verdaderos motivos para odiarte todo será más fácil.
  2. Iker Jiménez dice que si te sientas delante de un tarro de arroz y descargas sobre él pensamientos negativos, ese tarro de arroz acabará con manchas oscuras y desagradables. Haz tú lo mismo. Ponte al lado de esa persona y mírala fijamente. Si no logras un odio mutuo por la mala energía que transmites, esa persona acabará hasta los cojones de tu mirada de perturbado mental (pasa aquí al punto 1)
  3. Engáñate a ti mismo y convéncete de que esa persona es digna de recibir tu odio. Déjate falsas pistas, trampas. Hay que ver Memento. Si realmente estás comprometido con el deseo de odiar puedes llegar a dejar una serie de indicaciones que situen a esa persona (que quieres odiar) como principal responsable de un acto de sodomía que te tuvo a ti, y a un hermoso pollino de nombre Nicanor, como protagonistas. Luego provócate una fuerte contusión que te lleve a un estado de amnesia. Y voilá, todo acabará encajando.
  4. Otra opción radical es el método Ludovico. Unas pinzas en los ojitos vigilando que no pestañees, una película con imágenes de la persona a odiar y unas descargas que te provoquen unos dolores que te rilas. Eso si, no pongas de banda sonora una canción que te guste o que suene mucho en los diales de Prisa.
  5. El último consejo para odiar a alguien es el más trabajado. Empéñate en quererlo, en amarlo, muchísimo. Antes o después sucederá algo que hará que lo odies. Así de fácil.

Pues ahora a poner todo esto en práctica. Salgan a la calle y odien como la gente horrible que son.

Acaso no me negaréis que despierta un irrefrenable odio

3 comentarios to “De odio”

  1. Alba Says:

    yo, sin embargo, tengo una capacidad asombrosa para odiar

    (por cierto, es “empéñate”, no “enpéñate”

    desde el cariño

  2. lojoquetecojo Says:

    Mejor “enpéñate” que “empénate”. Pero se me coló y pido disculpas.

    Lo que más me gusta es que, pese a tu facilidad para odiar, a mi me quieras tanto.

    Besitos.

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