Teorizando sobre el amor en términos fotográficos

Quererte es cuestión de probabilidades y de captar el instante preciso con una cámara que dispara al aire y sin enfocar.

Tienes justo delante la instantánea perfecta y una tapita de plástico te tapa el objetivo. A veces la foto sale movida o mal de luz. O piensas haber revolucionado un arte, estás viviendo una obra imperecedera, un clásico. Y un día retomas los negativos y al ampliarlos te das cuenta del triste engaño. O de la mentira de la perspectiva. Y no sabes cuanto tiempo durará tu embelesamiento. Antes la mirabas constantemente. La sombra de la esquina. La sonrisa que intuías fuera de campo. Las mejillas quemadas. Ahora es una fotografía para no dejar marcos vacíos.

El encuadre mágico se distorsiona y chirría por todas partes. La belleza de las proporciones te irrita los ojos y te sientes estafado. La cámara seguramente estaba rota. O la fijación no fue la correcta. Debe ser eso.

Cuando veáis que os falla el pulso, que hay poca luz, cuando creáis que os hace falta un trípode para volver a sacar la fotografía de vuestra vida, es que no estáis ante ella. Echad a correr y disparad al aire de nuevo. Quizás haya suerte.

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