Phalaenopsis y yo

El día que se fue me compré una planta. Me encontraba sólo y me dijeron que una variedad de orquídea tropical podía funcionar como sustitutivo del calor humano. Todavía en período de prueba, la comercialización de la Phalaenopsis corningiana (conocida comúnmente como Luna Roja) podría convertirse en un futuro próximo en la solución para todas aquellas personas que no tenían en sus vidas el cariño y la compañía diaria de alguien.

La empresa distribuidora, perteneciente a una de esas agencias de contactos, (perteneciente a su vez a un gran compañía farmaceútica) aseguraba, en un bonito prospecto, que la relación que el poseedor de la Phalaenopsis establece con su planta, reporta un sosiego y una tranquilidad de espíritu equiparable a la que uno siente cuando tiene a su lado a alguien que recibe y reparte amor incondicional. La orquídea iba a hacer que me sintiese sentimentalmente realizado de nuevo.

phalcorningers

Un señor con un mono de la compañía me dejó el paquete en la puerta. Me felicitó por la inteligente adquisición. Recubierta por una cúpula transparente, la orquídea se mantenía aislada del mundo. Casi parecía sonreírme a través del cristal. Junto a ella, un folleto explicativo reclamaba mi atención sutilmente.

¡ATENCIÓN!

La planta que usted acaba de adquirir es un sustitutivo natural del afecto humano. En el momento en que saque la Phalaenopsis corningiana del envoltorio que la mantiene suspendida está comenzará a emitir una serie efluvios que le transportarán a un estado de gracia.

No está usted ante una droga. No existe ningún tipo de manipulación genética o química en la Phalaenopsis corningiana. La Phalaenopsis corningiana requiere de una serie de cuidados:

– Aléjela de corrientes de aire y temperaturas extremas.

– Manténgala en un lugar húmedo y luminoso.

– Una vez marchiten todas las flores, recorte el tallo por encima de la        tercera llema.

– No le susurre palabras de amor ni le mande besos.

La verdad es que el último punto me desconcertó bastante. La primera vez que me contaron lo de la orquídea pensé que se trataba de algún tipo de mejunje de chamán. Que tendría que machacar las hojitas de la planta y hacerme un peyote casero que me hiciese olvidar. Pero por lo que estaba leyendo, la mera compañía de aquellas vulnerables  y bonitas flores sería suficiente.

La soledad no conoció jamás un remedio más sencillo. Sentarme, contemplarla o no, tan sólo dejar que me acompañe. Es tristemente fácil. La miras. En los libros de biología dicen que las plantas y los árboles son seres vivos. Hay estudios que analizan el efecto de la música sobre ellas. Padecen, eso es seguro, pero se mantienen inmutables. Piensas en la belleza del silencio, en la dependencia al entorno. La miras y piensas. Piensas.

La acabo de sacar del envoltorio y ya me reconforta. Es preciosa. Como gotas de agua suspendidas y atravesadas por una luz que las descompone a la vista. Pendulan impertérritas, a punto de precipitarse y descomponerse. Su fragilidad cautiva. Y su flor, su flor se convierte en un rostro, se hace familiar, reconoces en ella unos rasgos de los que estuviste enamorado. La simetría de tres pétalos que se superponen. Y te parece ver una boca. En el centro, un reclamo de colores te llama. Polinizar. Piensas en sus labios. Te conviertes en un polinizador. Es su punto de atracción.

Eres feliz enamorado y sabes que ella quiere ese amor. Pendula depositada sobre el alféizar de la ventana. No logras centrar la vista en el libro que lees. La miras a escondidas y ella te corresponde. Su punto de atracción sigue ahí. Polinizar. Quieres besar su boca y ella se inclina hacia ti. Acabas de conocerla, pero ya está viviendo contigo.

Dejas el libro junto al paquete que acabas de recibir. No recuerdas de que era pero eso tampoco importa demasiado ahora. Eres feliz con alguien en tu vida. Te acercas a ella. Te acaricia la cara, apenas la rozas. Es suave y frágil. No sabes muy bien que decir. Le susurras palabras de amor. Hay un pétalo en sus labios. Polinizar el punto de atracción. Miras su labio inferior, es carnoso. La echabas mucho de menos pero ahora ya no estás solo. La besas y ella te devuelve el beso. Y te quedas allí, suspendido junto al alféizar de la ventana, con tus labios rozando los pétalos de la Phalaenopsis corningiana, en una postura que, por triste y absurda, no deja de resultar cómica.

Mientras leo el prospecto con las indicaciones me arrepiento de comprar semejante gilipollez. No llego a abrir el paquete, lo tiro en el contenedor de orgánicos y vuelvo a casa. Imaginaros que me hubiese enamorado de una flor únicamente por no estar solo. Eso diría muy poco del amor. Y de mi.


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