Crónica de un provinciano en la capital

Al llegar te das cuenta de que el aeropuerto es más grande. Esa es la sensación que se va a repetir durante el resto de los días.

Acostumbrado a tu pequeño e íntimo cosmos provinciano, donde tú eres un Edward Bloom de la vida, la llegada a Madrid es una bofetada a tu ego y tus aspiraciones mediocres. Porque estás en la capital. En la bonita olla a presión que durante siglos ha cocinado las grandes mentes de este país. Y tú, aquí, rodeado por el buen rollo del United Colors of Benetton, notas que todo esto te viene grande. Pero como eres un flipado de la vida también te emocionas y piensas: “Algún día yo formaré parte de esto, dejaré a mi madre despidiéndome desde el umbral de la puerta, y cargado con mi macuto me adentraré en esta selva donde sólo triunfan los que se rién de los genios. Y saldré victorioso, y así escribiré mi nombre en la historia, desgarraré las piedras del edificio Metrópolis, compartiré el lavabo con mis ídolos y veré mi rostro colgando en las paredes de Casa Lucio“.

Y llegando a Sol notas el peso de un país. “Realmente soy español “, piensas emocionado. Y subes por Princesa, luego Gran Vía. Y contemplas a los ángeles del cielo, a los iluminados que adorabas desde tu apartada cueva en las montañas del Norte. Porque allí, al alcance de la mano, podrías besar o partirle esa inmensanarizdesujetalentes a Xoel López. Y apenas pasan dos minutos cuando aparece él, más achaparradete de los que imaginabas en sueños húmedos pero inmensamente grande, el señor Nacho Vigalondo.

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Xoel López o el perro mojado

Nacho Vigalondo o la gallardía personificada

Nacho Vigalondo o la gallardía personificada

La emoción te puede. Os puede a todos. A tu compañero se le ahoga un grito. Nacho os mira y prosigue su camino.

Más tarde no os resistiréis y confesaréis vuestro triste episodio e incondicional admiración por una vía alternativa: Su blog (léase el comentario publicado por “Un fan”).

http://blogs.elpais.com/nachovigalondo/2009/10/the-last-picture-show.html#comments

Y aquí estoy yo, que ahora me he pasado a la primera persona. Pensando que quizás Nacho lea mi blog, por aquello de que somos amigos de Facebook. Con ganas de hacerle saber cuanto me gustan sus cortometrajes (porque soy un chico molón gustoso de finales sorpresivos y nuevos modos de narrar) y de felicitarle por los Cronocrímenes, película de la que guardo un buen recuerdo ya que me proporcionó (tiempo há) una agradable tardenoche de cama y película acompañado de una persona con la que hacía muchas tadenoches de cama y película. Pero esa la recuerdo con especial cariño. Dejémonos de personalismos.

Las grandes ciudades tienen de todo. Y todo es grande. Y hay metro. Y hay un montón de tiedas molonas. Y KFC. Así, que después de compartir la noche anterior aventuras Séneca (que gran ciudad, que da cobijo y hermana al de Barakaldo con el de Benalmádena), te dirijes a Plaza de España con la idea de arreglar algo pendiente: ¡Visitar Ocho y medio!

Y las sensaciones se repiten. Porque allí dentro notas la pegada de grandes genios del séptimo arte. Aunque echas en falta a Nacho Vigalondo… Dedicatorias, libros, un ambiente distendido y cinéfilo, pero no cinéfilo de gafapasta, me gusta Andrei Tarkovski porque me quiero zumbar a la chica de las medias y el flequillo de estrábica. No. Cinéfilo de verdad. Ya sabeis, como Nacho Vigalondo.

¡Y también hay camisetas para guionistas!, y tú las encuentras monísimas, interesantísimas, personalísimas, y no compras ninguna. Pero te quedas pensando en el gran regalo que hubiese sido una en concreto. Describo. Camiseta blanca. Courier new 12. Formato de guión americano. Al otro lado de la cama. Reza así.

INT. TEATRO ALTERNATIVO – NOCHE

PEDRO

Soy el niño melón. Niño melón.

Te encanta y no puedes evitar sonreír.

Luego sigues paseando, y vas al Reina Sofía. Pero los museos son muy aburridos, la sala de Antonio López estaba cerrada. Te enfadas. No os quiero dar el coñazo con cuadros.

Esa misma noche sales a probar el ambiente para la gente guay de los madriles. Vas a Malasaña. De entrada te gusta el nombre. La gente quiere ir al Penta, al parecer Antonio Vega lo menciona en “La chica de ayer”. Tú no te habías dado cuenta y llevabas toda la vida entendiendo “aprende a escuchar” en vez de “al Penta a escuchar”. Pero te da igual, nunca te gusto mucho Nacha Pop.

Dentro hay mucha gente y la música es bastante mala. Pero te da igual. Nunca te gustó mucho Nacha Pop.

Los chinos son muy pesados y te ofrecen cerveza y tallarines muy ricos que no pasan control sanitario. Tú gorroneas tallarines. En un bar frente al Penta (mucho más vacío y de nombre Chill Out Before Club) hablas con una camarera. Es una mezcla entre Silvia Superstar, Morticia A. Addams y Pilar Rubio. En definitiva, es tremendamente atractiva y te viene grande. Pero la señorita al parecer tontea contigo. Conoce las claves del marketing.

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Una puerta muy bonita la del Penta. Propiedad de un tal "Jaime"

El día siguiente sigues haciendo cosas de turista. El “plan E” te toca las pelotillas allí donde vas. El Retiro está bien pero la gente es muy impresionable y aplaude demasiado a un tío que tan sólo hace pompas de jabón gigantes. Pienso en los perroflautas de la zona monumental santiaguesa.

De noche hay un concierto de un grupo gallego, Ruxe Ruxe. Allá vas, tú, gallego de pro, con la confianza que te da saber que en tu brigada nocturna da Galiza Ceibe hay un miembro que es amigo del bajista. De repente apareces con tu disfraz cutre de última hora (conjunto de gafas, nariz, bigote y cejas a los Groucho aderezado con dientes podridos) en la mejor fiesta de Halloween que tu triste e impresionable vida de provincias te ha permitido ver.

Entras por un pasillo angosto, oscuro y decorado para la ocasión, donde unas personillas disfrazadas intentan darte miedo. Dentro la gente no anima mucho a los Ruxe, pero como el fervor galaico, el fulgor de Breogán, te pega más fuera de casa, te pones a pegar botes como un descosido. Detrás de vosotros cuatro, atrapados en el monótono fungar, ni Dios se mueve. Pero la emoción que transmitís en los últimos minutos del concierto hace que el grupo se vuelque, el guitarrista baje y toque el sólo entre vosotros, que la emoción buya y que cantes estribillos que desconoces, pero que intuyes porque están fuertemente arraigados en tu identidad gallega (porque, qué coño, mamaste mucha melodía tradicional gracias a tu abuelo Pepe de Midón).

Y además este videocilp tan majo lo hicieron tus compis del audiovisual. Así que los Ruxe Ruxe y tú ya sois íntimos.

Y en la fiesta conoces a Murphy, que es el dueño del local, el Irish Rover, un pub irlandés que regenta este caballero (irlandés también él) de camisa jaguayana y amante de Galicia (luego te enteras que pasó en Santiago cuatro años de su vida). Es muy campechano y saca fotos. Pero lo mejor viene luego. Porque entre la gran ambientación comienzan a surgir criaturas de la noche. Orcos de Moria que portan banderas de Burn, señoritas que reparten camisetas también de Burn (tú perderas la tuya más tarde), una chica encantadora que se ofrece a maquillarte el rostro apolíneo y otra también muy simpática y enfundada en cuero que te saca una foto polaroid.

Tú ya estás flipándolo con el despliegue de medios cuando de repente ves a unos fulanos haciendo malabares con fuego en mitad del local (un sitio enorme para un provinciano, por cierto). Y te das cuenta de que nadie se creería que todo esto fue así de guay y de gratis sin una prueba física, así que allá va:

FotoPolaroid

El hombre lobo, el gilí al que pegaron y Jesucristo a medio maquillar

Te lo pasas piruleta y un amigo se enamora.Hablas con los Ruxe Ruxe en la puerta, nos agradecemos cosas. Mágico. Acabas tocando el pandeiro de peto con la tapa de un urinal bordada de mariposas. Esto es cierto pero no hay fotos. Coges un taxi y acuerdas con el taxista brindarle la fiesta. La capital es grande. Hay zombis y gente oscura. Te pierdes y das vueltas. En un local todos los Sénecas se dan besitos. Tú miras a tu nuevo amigo Diego Villarverde. Los dos solos bajo las luces. Te gustan más mujeres pero por un momento se te pasa por la cabeza, pero todavía no estáis preparados para dar ese paso. De vuelta a casa.

El domingo vas al Rastro, que es un clásico. Mucha gente, te entra el agobio y caminas rápido. Es como la feira ghrande de Arzúa pero máis ghrande. Tarde de siesta (maldices no haber podido dormir en alguno de los parques, es una de tus aficciones cuando vas a grandes ciudades europeas). Por la noches acabas llendo al bar Jose’s (que te recuerda a tu peluquería Daniel’s) a ver el fútbol. No lo ves en casa y vas y lo ves aquí. Jose muy majete y campechano pero agarrao de cojones el jodío.

Tras profundas conversaciones nocturnas acerca de las relaciones humanas acabas durmiendo en el colchón de los muelles sueltos. Madrugas, arreglas tu plaza de prácticas en la CRTVG (¡toma ya!) y dejas esa gran urbe, ese “Pongamos que hablo de…” (que sonó como 5 veces en tres días, aquí no ponemos tanto “Miña terra galega, pesaos…), dejas la magia de Cervantes, Tirso de Molina, dejas a Goya, a los Pegamoides, a la gente ostiable de Fuencarral, dejas a la mezcolanza patria y foránea, a Vigalondo y a Xoel, dejas las palmeras de Atocha, las meninas de acero, el paseo de los Melancólicos y el Museo del jamón, dejas un pedazito de ti con ganas de volver. Quizás para quedarse.

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2 comentarios to “Crónica de un provinciano en la capital”

  1. Miguel Says:

    Pues al Penta precisamente va el “genio” Nacho Vigalondo que, curiosamente, hace unos meses pedía a gritos una botella de agua para apaciguar las ganas de drogarse que tenía.
    (Que drogado le vi ese día, es cierto).

  2. CAROLINA Says:

    MAS FEO ESE CABELLO PARTECE DE LOCOOOOOOOOOOOOOOOH.

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