Tácticas de ligoteo en un avión

diciembre 10, 2011

Continuando con la serie que trata de instruiros sobre el noble arte de la conquista adaptada a escenarios concretos, reciclo mi última sección en el programa A Tarde de la Radio Galega para ayudaros a encontrar el amor a miles de metros de altitud. Ahí van unos consejos sobre la seducción en las nubes, con la inestimable ayuda de Hache y Daniel Villaverde. Come fly with me.

- Mira por la ventana, pierde la vista en el vasto espacio que sobrevoláis y, tras unos instantes, dile a quien tengas al lado mientras señalas hacia el exterior: “¿Ves todo eso?, Es mío y me gustaría que fuese nuestro”. Por si después de eso todavía no lo ha pillado, prueba a invitarle a algo de lo que venden en el avión. Así le quedará claro que, indudablemente, eres rico.

- Vete al baño e ingéniatelas para provocar un pequeño incendio. Sal gritando despavorido(preferiblemente algo del tipo: “Un moro”) mientras esperas a que se activen las mascarillas de oxígeno y luego echa mano de tu encanto y desesperación para conseguir sexo con alguna de las pasajeras. La clave está en saber escoger, ya que no tendrás mucho tiempo hasta que las cosas se estabilicen de nuevo y el pasaje descubra que no va a morir en los próximos minutos. Prueba a vociferar un “Morir follando” mientras corres desnudo, pasillo arriba, pasillo abajo, e intentas descifrar el brillo que brota de los ojos de los que te miran.

- Prueba a vestirte de piloto, hacerte con la megafonía y dedicarle a las azafatas un “Contigo me siento en una nube” o “Me gustaría que nos fuéramos al carajo, como en la peli Viven, para así poder comerte”.

- Éntrale directamente al morro a alguien. Un beso intenso y giratorio. Al separarte justifica tu actuación diciendo que es un truco que te sabes para reducir la presión de cabina en la cabeza.

- Cuando los afazatos de Ryanair intenten vender el Rasca y Gana, levántate como un resorte de tu asiento y grita: “¡Mi corazón! ¡El premio es mi corazón!”.

- Enamórala dándole clases de Geografía por la ventanilla. Cuando la tengas impresionada dile que ahora vas a enseñarle dónde está el Monte de Venus.

- Ponte a hablar por teléfono mientras fumas y, cuando te miren entre interesados y perplejos, les sueltas que tú tienes privilegios. Serás malo y poderoso, osease, follarás.

Si estamos en un avión, porqué se llama "Tren de aterrizaje"

 

De tristeza, risas y erecciones

noviembre 30, 2011

Necesitamos algo más que una imagen para ponernos tristes. Pensaba en eso mientras me tocaba viendo pornografía. Una fotografía picantona puede producir en mí una inesperada excitación, un chiste puede hacer que me ría. Internet está repleto de erotismo fugaz y videos de gatos. Pero la tristeza necesita de una trama. La risa puede ser aislada y comprimida en instantes delirantes, llámalos sketches, llámalos diálogos, llámalos videos caseros. Un desconocido puede hacerme reír en cinco segundos si no le importa correr desnudo, untado en mermelada y gritando “Soy un recién nacido”. Del mismo modo, una mujer -o un hombre que se esfuerce y que tenga los rasgos muy femeninos- también es capaz despertar en mí el calor de la carne con una mirada precisa y una sonrisa teledirigida. La risa y la erección requieren menor esfuerzo que la lágrima. O, mejor dicho, requieren de menos tiempo.

No hay videos que me hagan llorar en Youtube. Hay videos emotivos, sí, videos que despiertan en mí sentimientos de misericordia, de comprensión y de pena. Pero es algo alejado de la melancolía que emana de la tristeza, de la lágrima sincera que se escapa. De la auténtica empatía. El telediario está repleto de muertes, de historias obscenamente tristes que no te atrapan. Se nos escapa la trama. Para enmudecer necesito de algo que trascienda los cinco minutos de un sketch, que vaya más allá de la estructura felación-misionero-perrito-inyourface.

Las nuevas ventanas de distribución, los ritmos acelerados, fraccionados, de consumo que tenemos los espectadores de este nuevo milenio, parecen no compaginar bien con el fuego lento del drama. Siempre se dijo que lo más difícil era hacer reír, conseguir tocar esos mecanismos mágicos que activan la risa. Rápido, insospechado. La mujer desnuda que transporta a la eyaculación es algo burdo, el niño abandonado que busca a su madre por todo el mundo, fácil y simple. Sin embargo, en la actualidad, la incapacidad de permanecer frente a la pantalla, de inmiscuirnos en una trama cuyos tiempos indagan, precisamente, en esa empatía, parece haberse postulado como el mayor rescoldo en la búsqueda de sensaciones a través de la imagen, de la historia. Por eso mismo, hacer reír sigue siendo complicado pero parece que encaja más, en su forma, con lo que el público exige hoy en día.

Necesitamos algo más que una imagen para ponernos tristes. Para que ese sentimiento nos invada y lo ocupe todo. Como ese momento álgido en la risa, como la intimidad del consumo pornográfico. La lágrima no lo tiene tan fácil y necesita de una historia, de un tejido lo suficientemente largo como para envolverlo todo, para no dejarnos ver más allá. Necesitamos la oscuridad de una sala, una única ventana de luz, sin distracciones. Necesitamos regalarle nuestro tiempo al drama, una vez más, sin escatimar. La razón de esto es muy sencilla: No podemos llorar en diez minutos. No podemos aislarnos y darle al botón de la tristeza. El drama no entiende de inmediatez, no entiende de fracciones ni de cápsulas. Vivimos en un tiempo trepidante, de risas y de sexo. Un tiempo demasiado rápido como para que habite en él la tristeza.

Qué risa, María Luisa

Psicoanalizando mis sueños posteriores al debate en busca de una premonición del resultado electoral

noviembre 8, 2011

No es que me guste dormir. No es eso. En un sueño que tuve esta noche Mariano Rajoy me mandaba repasar la lección. Lo hacía desde lo alto. No sé exactamente desde dónde, porque ya conocéis el funcionamieto de los sueños, pero sí que recuerdo que yo estaba abajo y él arriba. A lo lejos. No penséis peor.

Me mandaba repasar la lección y yo la decía a viva voz. Mi lección -o mi tarea, no lo recuerdo- no estaba escrita, no al uso. No eran párrafos de sentencias ordenadas. Era un dibujo. Un dibujo que yo sabía que tenía, en esencia, lo que él me pedía. Y recuerdo que era una solución brillante, pero no válida. No era válida porque no nacía del trabajo metódico de quien se sienta a escribir sino de un impulso repentino y puntual.

Era un paisaje de rocas circulares recubiertas de musgo. Yo podía leer en él, desentrañar sus claves y ofrecerle al mundo aquello que éste esperaba de mí, darle a Mariano lo que había venido a buscar. Pero Mariano era paternal e inflexible en su resolución. Durante el debate él había leído su discurso, ¿de dónde nacía todo aquello que él decía?. Supuse que provenía de la constancia. Pero no se lo sabía de memoria. Se le acusó por ello.

La lección de Mariano, su tarea, respondía a una hoja de ruta, una guía de frases encadenadas hacia un razonamiento.  Eso es lo que a mí me hacía falta. Orden y trabajo. Nada más despertarme esta mañana deseé poder cambiar mi discurso. Tener yo aquellas páginas en mis manos y regalarle, a cualquiera de los dos candidatos, mi dibujo.

Aunque dudo que viesen más allá de unas piedras con musgo.

Cosas graciosas para asustar

octubre 20, 2011

1.- Hay alguien en el baño: Hay que abonar un poquito antes. Vuelves a casa acompañado con la clásica cantinela de la vejiga que se desborda. Que te estás meando y no aguantas, vamos. Subes acelerado a casa, entras, vas directo al excusado y sales gritando al instante porque ya había alguien sentado en la trona. Esta broma puede funcionar en cualquier habitación si bien es cierto que el cuarto de baño, al ser un espacio dedicado a unas tareas evacuadoras concretas, es mucho más cómico e, incluso, se vería más logica la ocupación por parte de un extraño de una estancia en la que se alivian nuestras necesidades fisiológicas más inevitables. También existe una versión más gore que consiste en tener preparado un globo de agua en el cuarto de baño y, con la que entras porque te meas, sales gritando entre lágrimas “¡Me ha explotado!”. Esa es buena.

2.- La sartén tenía mango: Esta es una pequeña pero efectiva broma asustadora que sólo pueden practicar las chicas. Está cargada de matices, de trabajo con el silencio, pero, básicamente, consiste en replicar lo que diga su interlocutor con un “Me suda la polla”. Si la chica allana el terreno durante unos años previos, conportándose como una señorita bien hablada, esta reacción desmedida y soez será mucho más aterradora. Sin embargo, la esencia del susto es más inmediata. Consiste en no amilanarse. En no dejarle un resquicio a la excusa de “es una forma de hablar”. La chica tiene que mantenerse firme en el “Me suda la polla”. Hacer creer al otro que realmente le suda la polla. Que alguien llegue a creerse que ahí existe una polla que suda.

3.- Que tu perro sea tu padre: Es una broma algo sacrificada con tu mascota, pero tremendamente descacharrante. Tú sólo encárgate de ponerle a tu perrito el nombre de “Papá”. Así, cuando en mitad del parque llames por tu padre, el que acudirá será tu encantador can con la lengua pendulando. Esto funciona muy bien si justo antes llamas por tu madre con un sonoro “Mamá” y, efectivamente, viene tu madre. La gente relaciona ideas (porque la gente es así de simple) y tú les das el miedito de lo incomprendido e inesperado.

Los chinos caminan hacia atrás y por eso no envejecen

octubre 14, 2011

Se dio cuenta una noche mientras veía un documental en la televisión. Hablaba de China y de sus chinos. De sus costumbres, de su expansión, de porqué nos iban a jubilar a todos. En la pantalla, los chinos caminaban hacia atrás. Erguidos, casi ceremoniosos, decían que era una especie de deporte. Un extraño deporte pensó él, que, al verlo, fijándose en las caras de aquellos chinos, se le antojaba más bien un ritual, una costumbre. Chinos caminando hacia atrás. Algo muy corriente allá, en China. Los chinos y sus rostros juveniles. Él se hacía viejo. Pensó en aquellos rostros y se preguntó si su vitalidad no tendría algo que ver con aquella extraña y, supuestamente, sana costumbre de caminar como los cangrejos.

Empezó como un juego. Un día se propuso caminar hacia atrás. Un ratito. Lo hizo y le sentó bien. Los chinos no nos iban a hundir en la miseria así porque sí. Eran gente astuta. Caminar hacia atrás resultaba vigorizante. Tanto que al día siguiente decidió repetir. Un poco más. Un poco más cada día, la verdad, hasta el punto de avanzar retrocediendo. De pasarse las veinticuatro horas caminando hacia atrás. Lo podrían considerar una excentricidad pero, salvo algún dolor de cuello y la incómoda necesidad de instalarse un retrovisor en el hombro, la idea de caminar así le había reportado enormes satisfacciones. Nunca antes se había encontrado tan a gusto físicamente. Como si los dolores se mitigasen. Como si el tiempo y sus inevitables erosiones no le afectasen.

Caminar hacia atrás era una filosofía, la negación del paso de las estaciones. Tardó años en afirmar la hipótesis que se había ido gestando en su cabeza. Al principio apenas perceptible, como el paso de los días en unos adultos que hace tiempo que dejaron de crecer, según transcurrieron los años el hombre pudo comparar su envidiable estado físico con el de sus amigos y compañeros. Al principio bromeaban sobre las horas de dieta y gimnasio que tendría que sufrir, sobre las millonadas que gastaría en cremas antiedad que le ocultasen las bolsas de los ojos, pero la carcajada dio paso a la envidia e incluso a la perplejidad. Porque, a todos ojos, aquel hombre no envejecía.

Consciente de tamaño descubrimiento, el hombre empezó a indagar en las posibilidades de su hallazgo, siempre con la duda de porqué los chinos no habrían compartido su secreto. La respuesta que había estado planeando no tardó en llegar. Evidentemente, pocos hombres se habrían resistido ante la perspectiva de la inmortalidad. El problema es el añadido engorroso de una vida sometida a un constante caminar hacia atrás. El hombre alcanzó la eterna juventud a una edad adulta pero, ¿Cual era la edad en la que el ser humano, pleno de facultades, debería comenzar a caminar a la inversa? Sin duda, una pregunta como esta, arrojaba enormes divagaciones que podrían complicar la implantación de esta práctica.

Del mismo modo, el hombre era consciente, porque así lo había vivido, de los sinsabores que a nivel social y profesional podía despertar el caminar hacia atrás. Los paseos en compañía eran lo único que salía beneficiado, ya que te permitían un contacto visual pleno y continuado con tu interlocutor aunque, en ocasiones, uno podía sufrir pequeños accidentes, comúnmente caídas. Sí, podríamos afirmar que vivir hacia atrás, pese a mantenerte joven, resultaba más peligroso que una vida de caminar hacia adelante.

Sin embargo, el hombre descubrió que cierta reticencia social y un planteamiento inicial de la mayor parte de las actividades ociosas, concebidas para caminar hacia adelante, no eran el verdadero motivo -o al menos no el de mayor peso- que llevaba a los chinos a no popularizar su deporte. La razón era otra, una razón que afectaba al conjunto de la población y que iba más allá de torceduras de tobillo o hijas que se ven más viejas que sus madres.

Se dio cuenta, de nuevo, mientras veía la televisión. En esta ocasión fue durante la retransmisión de un partido de baloncesto. De la ACB, aunque eso es lo de menos. La revelación vino tras una canasta, dos puntos tras los cuales el equipo que acababa de anotar se replegó hacia su campo, dispuesto a defender. Mientras bajaban, los cinco jugadores a la vez, caminaron hacia atrás. Lo hicieron rápido, con la idea de tener su canasta a la espalda y el balón en manos de los atacantes bien delante de los ojos. El hombre los veía caminar hacia atrás y los reconocía. Se reconocía. Fue entonces, durante un breve instante, cuando lo vio. Cuando vio como el cronómetro que marcaba el tiempo de juego se detenía y retrocedía, apenas una milésimas de segundo. Fue un suspiro. Los jugadores, defendiendo en zona, se pararon. Su carrera hacia atrás se había interrumpido y el reloj volvía a girar hacia la derecha. El hombre comprendió entonces la relevancia de aquel gesto.

Videos ricos en Torrelavega: Gran Cosecha

octubre 4, 2011

Tras mi paso por Torrelavega (preciosa villa) para protagonizar el último corto del bueno de Fernando Sánchez, tuve el inesperado y gustoso honor de apuntarme al proyecto Gran Cosecha promovido por La Cosechadora. Una proyección de cuatro cortometrajes hilados por cuatro videos que, a parte de hacer referencia al corto que se presenta a continuación, trataban de desarrollar una historia bastante loca. Tremendamente loca, la verdad.

Me dejaron meter mano en el guión y pude dar rienda suelta a mis dotes interpretativas haciendo de chiflado ninfómano asesino, acompañado por unos oxigenados, y majérrimos, Álvaro Oliva y Esther Lastra . Así que no me quejo. Que os guste.

Inquisiciones gilipollas (y esperanzadoras)

septiembre 19, 2011

El otro día mi desesperación me llevó hasta un despacho en el que me pusieron delante de un triste cuestionario. Uno de los espacios a rellenar me pedía que me definiese con dos características, con los dos aspectos que mejor me reflejasen. Antes de nada pensé en si el sujeto que había diseñado semejante herramienta de recursos humanos se habría visto a si mismo como alguien capaz o como un pobre incrédulo que no concibe la mentira en el mundo. Si el que le había dado forma a aquella manifestación de la hipocresía y la falsedad humana era consciente, o no, del propio juego que allí establecía.

No podía tomarme en serio aquella cosa. Hasta la parte en la que pedían mis datos personales fue todo bien. Como quien se saca la tarjeta de socio de la Fnac. El problema vino con aquel ejercicio del autoengaño en el que me obligaban a ponerme una etiquetita. Y ellos no querían la verdad. Y yo no quería la verdad. La verdad no vende ni consigue trabajos. Porque hay que tenerlos muy gordos para definirte como alguien “sincero” justo después de haberles dicho que eres “dinámico” o “responsable”. Aún más cuando lo que realmente encuentras reseñable en ti, así sin matarte a darle al verbo, es que eres “caucásico” y, quizás, algo “hedonista”.

Mi mejor respuesta, si consideramos por mejor la más próxima a la verdad y no la más conveniente, hubiese sido algo así como “Persona a la que le dan asquito este tipo de inquisiciones gilipollas”. Pero tragas, pensando que, al otro lado, un interrogatorio tan simplón e imbécil no puede venir de alguien que considere que “Ganar dinero y seguir teniendo vida social” sea una de las mejores respuestas posibles a “¿Cuales son sus objetivos en este trabajo?”.

Personalmente, yo nunca contrataría a alguien que se definiese como “eficiente” (eso ya te lo diré yo, majo) y que me diga que quiere trabajar en mi empresa para “hacerla crecer en el mercado”. Sospecharía de alguien que me escribiese eso. La empresa no es suya. A mí no me conoce. No comprendo que clase de filantropía es esa cuando yo soy el que vive holgado en su chiringo, el cabrón que encima paga poco, y él quien busca trabajo.

Sin embargo, y probablemente debido al apego y a la fe que conservo en nuestra especie, sigo sin tragarme esta dinámica absurda que pretende hacernos creer a nosotros, futuros vasallos del directivo capitalista, que los tejidos empresariales de nuestra sociedad, que la selección de obreras para la colonia, corre a cargo de unos zánganos que viven ajenos a todo. Y es que, a fin de cuentas, al otro lado está un ser humano, alguien a quien quiero confiarle, precisamente por esta condición suya que acabo de citar, cierta humanidad. Cierta perspectiva del mundo. De nuestras necesidades, apetencias y miserias. Vamos, que me gustaría creer que revisando la pila de cuestionarios no hay un empalagoso relamido que se traga esa mierda vacía (esa carcasa de mierda) que todos nos inventamos.

Dije que quizás aquí residía la trampa porque tengo la esperanzadora teoría de que de estos cuestionarios salga la nueva élite política de este país. De que exista un generoso y casi divino plan maestro, que todo esto esté orquestado y responda a un propósito que se nos escapa. De que estemos ante una criba, ante preguntas trampa donde realmente, aunque no lo sepamos, se esté premiando la honestidad y el sentido común. De que, si te dejas de chorradas, de echarte flores y de adornar lo humano, pases de comercial de puerta caliente a Ministro de Defensa.

¿Muy satisfecho?, MENTIRA

Acostumbrándome

septiembre 11, 2011

Me acerqué a ella que, anciana y cansada, descansaba sobre la cama. Y lo hice consciente de que, cuando te enfrentas a la vejez, la mayoría de las preguntas que formulas suenan vacías, innecesarias. Nada se presenta lo suficientemente grave como para poder desbancar, en intensidad e incertidumbre, a ese misterio de la muerte al que pronto se enfrentará el interlocutor que tienes delante.

Por eso, mientras intentaba acomodarme sin molestar en uno de los extremos, la pregunta de cortesía, casi absurda por su superficialidad, casi insultante por lo obvio de su respuesta, brotó en mí con la forma de un grito que intenta penetrar en la sordera. Yo, allí sentado, le solté a aquella anciana a la que tanto quería, a aquella que, postrada, tan sólo podía recordar y consumirse, si se aburría.

- ¿Te aburres? -le pregunté-

Y ella tardó en contestarme. En parte porque oía mal, como si las cosas le tardasen en llegar, en parte porque, quizás, ella también era consciente del absurdo de aquella pregunta y, en vez de increparme, el amor que sentía por mí, hacía que la disfrutase, que saborease la ingenua tontería que yo le formulaba. Y tras su sonrisa me lo dijo.

- Mucho. Imagínate, no conozco a nadie.

Supuse que la niebla de los años tenía la culpa de aquella respuesta, que era fruto de una inevitable demencia senil, que era fruto de sus casi cien años. Había noches en las que gritaba el nombre de sus padres, mañanas en las que se veía rodeada de niños a los que reprochaba sus correrías. La contestación, por tanto, no era tan extraña pese a que, como después le corregí, ella conocía a todos en aquella casa. A todos los que velábamos por ella, a todos los que la queríamos.

- Me conoces a mí, y a mi madre, y a Marisa.

Ella se rió, como si mi réplica aún fuese más obvia que su anterior respuesta. Como si el reflejo de un cristal me distrajese tanto como parar no permitirme ver a través de él. Me contestó sin acritud, tranquila, perdonándome el despiste.

- Ya. Pero salgo a la calle y no conozco a nadie.

Por supuesto, ella nunca salía a la calle. Llevaba muchos años sin hacerlo. Sin embargo no quise contradecirla porque había algo cierto en todo aquello. Si ella saliese a la calle, efectivamente, no conocería a nadie. La gran mayoría de sus amigos, de su familia, estaban muertos o en su misma situación. De todos modos, le dije que no se preocupara, que era normal, que yo también salía a la calle y no conocía a nadie, y ella, como sabiendo algo que a mí se me escapaba, me contestó:

- Pero tú estás acostumbrado.

Y ahí tampoco mentía.

Conversaciones telefónicas con esa chica que odias pero te gusta un poco #1

agosto 30, 2011

No le parecía lo suficientemente interesante aquella disertación mía que le estaba soltando por teléfono. Afirmaba yo que alguien había cometido un error de bulto al poner nombres, que algún término se había traspapelado, que a alguien se le habían mezclado las tarjetitas con las acepciones y se había hecho todo un lío. La palabra “sonrisa” -insistía yo- y la palabra “risa” tenían unos significados que no se me correspondían con lo que las propias palabras dejaban entrever, con lo que me decían ellas por si solas.

-La sonrisa es lo que se ve y la risa lo que se oye, pero eso está mal. La sonrisa debería ser aquello que oímos y la risa aquello que vemos. Como el sonido que se desprende de algo.

-Eso no tiene sentido.

-Bueno, no tendrá sentido para ti. Para mí sí que lo tiene. Lo veo más coherente todo y quizás empiece a llevarlo a la práctica.

-Pues entonces hablarías mal.

-Para mí no. En lo que a mí respecta estaría hablando mucho mejor. Estaría hablando mejorado.

-No es a ti a quien le corresponde juzgar eso.

-Discrepo. La lengua la construyen los hablantes. Yo soy un hablante y he encontrado un error de bulto que pienso subsanar.

-Me pareces un metodista.

-¿Qué?

-Que me pareces un estirado y un corto de miras, y también un caprichoso.

-¿Qué? ¿Por qué has dicho metodista?

-Porque para mí esa palabra encaja bien con la imagen que quería proyectar de ti. Soy una hablante y hago lo que me da la gana.

-Eso no tiene sentido.

-Exacto.

Me lo soltó tras un largo silencio, saboreándolo, como quien me hubiese ganado. Como si la chorrada que acababa de decirme tuviese fundamento suficiente para refutar mi teoría. Sé que no era la mejor teoría del mundo, pero tampoco era una cuestión aleatoria como la que ella me acababa de arrojar. Me había llamado metodista, así por que sí. No dije nada, no iría a ninguna parte. Justo antes de colgar el teléfono me di cuenta. No pude oírla pero no había ninguna duda. Al final de la línea, junto al auricular que ella sostenía, se le estaba dibujando una risa en la cara.

Wifi en La Coruña (neno) y de gratís

agosto 16, 2011

Hoy me siento un poco filántropo. Generoso. Es por eso que, sin que sirva de precedente, voy a enrrollarme con la peñita y a ofreceros una de esas entradas de utilidad que se alejan un poco de mi habitual comedura genital.

Muchos sabréis (este simple comentario ya es una comedura genital) que no dispongo de internet en mi morada habitual y que, por tanto, me veo obligado a cierta tendencia nómada que me lleva de un punto de wifi gratuito a otro. No penséis que esta excentricidad responde a un motivo económico. Ni mucho menos. Lo hago un poco por desmarcarme, por hacerme el raro. Por ser un poco más gilipollitas.

El caso es que, la necesidad autoimpuesta de vivir sin internet, me ha convertido en un experto en materia de rateo de redes inalámbricas a lo largo y ancho de La Coruña. Aquí os facilito algunos de esos puntos, con sus ventajas (siempre muchas) y sus inconvenientes. Para que veáis que yo también comparto. Todo muy P2P.

Esquinita del Pastor en La Fuente de Cuatro Caminos.

Este es un bonito sitio en el que conectarte a internet. El radio es limitado (tienes que situarte en el paso de peatones que une el Banco Pastor con la plaza jardín de enfrente) pero presenta una serie de ventajas. Para empezar, hay una especie de techo, prolongación del bar de la plaza, que te permite navegar feliz los días lluviosos o de inclemente sol y, para terminar, el sonido chisporroteante de la cercana fuente de Cuatro Caminos le da a tu navegación un toque zen muy relajante.

Aquí trampeé un poco la instantanea (se coge mejor el wifi un pasico a mi izquierda) para que la foto luciese más

El Fórum Metropolitano (un nombre de lo menos presuntuoso, por cierto)

El Fórum es una especie de búnker bonito inserto en el Parque Europa. Es una biblioteca y un centro de cosas varias, juveniles y educativas. Todo muy europeo. Aquí lo interesante es que puedes pararte, sentarte tranquilamente y echar mano del portátil, o trampear el asunto para que el que te vea te tome por un tío leído más que por un friki pajillero de internet. Ejemplo.

Aquí estoy yo todo guapo leyendo "Agujero Negro" ¡Cuán intelectual y andergraun que soy!

Pero en cuestiones de wifi gratuito callejero no todo es lo que parece. El wifi gratis es muy Christopher Nolan.

Realmente estaba haciendo el mal. Captando las ondas del internet. Lo siento Charles Burns

Plaza de Mina (si la vocecita del semáforo dice que eso es una plaza le tendré que hacer caso)

En mitad de la Plaza de Mina, una vez más, nuestro anónimo amigo THOMSON nos facilita wifi gratis callejero. Aunque puedes resguardarte junto al quiosco que hay al otro lado, a mí siempre me gusta más navegar mientras cruzo el paso de peatones, a veces incluso descalzo, marcándome un Paul McCartney 2.0.

La sonrisilla de mi rostro se debe a que estaba leyendo uno de esos powerpoints tan graciosos que me mandan al mail

 Los Cantones Village (esto último no es un chiste, se llama así)

Qué mejor que un centro comercial para navegar por internet y compatibilizarlo con una merienda nutritiva o los últimos estrenos de cartelera. Los Cantones Village mola y su internet también, aunque te redireccione a una paginita a la que tienes que conectarte para poder acceder a su wifi (una minucia para vosotros, informáticos-ofimáticos de pro).Aunque, para seros sinceros, donde mejor se pilla internet es fuera del local. Así no tienes que entrar. Que es lo que te ahorras.

En este pie de foto no se me ocurre nada graciosete. Así que lo dejo así.

Cierto café italiano y caro a la entrada de la Calle Real según vienes del Obelisco

Aquí el internet va como un tiro. Bien cierto es que puedes entrar y pagarte un frappé a ocho euros (yo lo hago, ya os dije que el dinero no era un problema) pero entiendo que os resulte más económico quedaros fuera, apoyaditos en una esquina, y gorronear su wifi mientras los aromas de los mejores cafetales os entran por vuestras pituitarias de pobres.

Yo no doy nombres, pero ahí queda la foto

Pues hasta aquí hemos llegado. Seguro que hay otros sitios donde explayarse y navegar gratuitamente mientras disfrutamos de la ciudad y de sus gentes, pero a mí me llega con estos. Que tampoco es cuestión de abusar. Espero haberos sido útil. Pero no os acostumbréis a esta generosidad inusitada. Precisamente por eso, porque es inusitada.


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