Los chinos caminan hacia atrás y por eso no envejecen

Se dio cuenta una noche mientras veía un documental en la televisión. Hablaba de China y de sus chinos. De sus costumbres, de su expansión, de porqué nos iban a jubilar a todos. En la pantalla, los chinos caminaban hacia atrás. Erguidos, casi ceremoniosos, decían que era una especie de deporte. Un extraño deporte pensó él, que, al verlo, fijándose en las caras de aquellos chinos, se le antojaba más bien un ritual, una costumbre. Chinos caminando hacia atrás. Algo muy corriente allá, en China. Los chinos y sus rostros juveniles. Él se hacía viejo. Pensó en aquellos rostros y se preguntó si su vitalidad no tendría algo que ver con aquella extraña y, supuestamente, sana costumbre de caminar como los cangrejos.

Empezó como un juego. Un día se propuso caminar hacia atrás. Un ratito. Lo hizo y le sentó bien. Los chinos no nos iban a hundir en la miseria así porque sí. Eran gente astuta. Caminar hacia atrás resultaba vigorizante. Tanto que al día siguiente decidió repetir. Un poco más. Un poco más cada día, la verdad, hasta el punto de avanzar retrocediendo. De pasarse las veinticuatro horas caminando hacia atrás. Lo podrían considerar una excentricidad pero, salvo algún dolor de cuello y la incómoda necesidad de instalarse un retrovisor en el hombro, la idea de caminar así le había reportado enormes satisfacciones. Nunca antes se había encontrado tan a gusto físicamente. Como si los dolores se mitigasen. Como si el tiempo y sus inevitables erosiones no le afectasen.

Caminar hacia atrás era una filosofía, la negación del paso de las estaciones. Tardó años en afirmar la hipótesis que se había ido gestando en su cabeza. Al principio apenas perceptible, como el paso de los días en unos adultos que hace tiempo que dejaron de crecer, según transcurrieron los años el hombre pudo comparar su envidiable estado físico con el de sus amigos y compañeros. Al principio bromeaban sobre las horas de dieta y gimnasio que tendría que sufrir, sobre las millonadas que gastaría en cremas antiedad que le ocultasen las bolsas de los ojos, pero la carcajada dio paso a la envidia e incluso a la perplejidad. Porque, a todos ojos, aquel hombre no envejecía.

Consciente de tamaño descubrimiento, el hombre empezó a indagar en las posibilidades de su hallazgo, siempre con la duda de porqué los chinos no habrían compartido su secreto. La respuesta que había estado planeando no tardó en llegar. Evidentemente, pocos hombres se habrían resistido ante la perspectiva de la inmortalidad. El problema es el añadido engorroso de una vida sometida a un constante caminar hacia atrás. El hombre alcanzó la eterna juventud a una edad adulta pero, ¿Cual era la edad en la que el ser humano, pleno de facultades, debería comenzar a caminar a la inversa? Sin duda, una pregunta como esta, arrojaba enormes divagaciones que podrían complicar la implantación de esta práctica.

Del mismo modo, el hombre era consciente, porque así lo había vivido, de los sinsabores que a nivel social y profesional podía despertar el caminar hacia atrás. Los paseos en compañía eran lo único que salía beneficiado, ya que te permitían un contacto visual pleno y continuado con tu interlocutor aunque, en ocasiones, uno podía sufrir pequeños accidentes, comúnmente caídas. Sí, podríamos afirmar que vivir hacia atrás, pese a mantenerte joven, resultaba más peligroso que una vida de caminar hacia adelante.

Sin embargo, el hombre descubrió que cierta reticencia social y un planteamiento inicial de la mayor parte de las actividades ociosas, concebidas para caminar hacia adelante, no eran el verdadero motivo -o al menos no el de mayor peso- que llevaba a los chinos a no popularizar su deporte. La razón era otra, una razón que afectaba al conjunto de la población y que iba más allá de torceduras de tobillo o hijas que se ven más viejas que sus madres.

Se dio cuenta, de nuevo, mientras veía la televisión. En esta ocasión fue durante la retransmisión de un partido de baloncesto. De la ACB, aunque eso es lo de menos. La revelación vino tras una canasta, dos puntos tras los cuales el equipo que acababa de anotar se replegó hacia su campo, dispuesto a defender. Mientras bajaban, los cinco jugadores a la vez, caminaron hacia atrás. Lo hicieron rápido, con la idea de tener su canasta a la espalda y el balón en manos de los atacantes bien delante de los ojos. El hombre los veía caminar hacia atrás y los reconocía. Se reconocía. Fue entonces, durante un breve instante, cuando lo vio. Cuando vio como el cronómetro que marcaba el tiempo de juego se detenía y retrocedía, apenas una milésimas de segundo. Fue un suspiro. Los jugadores, defendiendo en zona, se pararon. Su carrera hacia atrás se había interrumpido y el reloj volvía a girar hacia la derecha. El hombre comprendió entonces la relevancia de aquel gesto.

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3 comentarios to “Los chinos caminan hacia atrás y por eso no envejecen”

  1. tremebundis Says:

    ¿A qué huelen los neutrinos?

  2. guillermo lopez Says:

    esto no es nuevo. los “locos” siempre lo han hecho.

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